En un mundo llamado Zarabanda, donde la magia quedó reducida a leyenda y las brujas a un rumor, un muchacho de aldea fronteriza sueña con hazañas mientras su padre regresa de las tierras salvajes con una advertencia: los bandidos han huido…
Descargar
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.
En un mundo llamado Zarabanda, donde la magia quedó reducida a leyenda y las brujas a un rumor, un muchacho de aldea fronteriza sueña con hazañas mientras su padre regresa de las tierras salvajes con una advertencia: los bandidos han huido y algo peor viene en camino. Al mismo tiempo, en una ciudadela de magos, una joven hechicera juzgada por denunciar la corrupción de su hermandad sobrevive a un intento de asesinato. Una voz narradora recuerda, desde el futuro, cómo empezó la última calamidad.
Zarabanda es un mundo que se piensa a sí mismo. En su centro late un árbol que sostiene el equilibrio entre lo terreno y lo maravilloso, y desde ese pulso arranca el relato de una narradora, Sarifa de Leztlán, que se propone dejar constancia de los días de la última calamidad: no para celebrarlos, sino para curar por escrito lo que quedó herido.
Lo que sigue es una crónica de comienzos simultáneos. En un mausoleo olvidado, una figura embozada desciende por escaleras que parecen no tener fondo, atraviesa cámaras decoradas con la historia de dos hermanas —una paloma y una cuerva, un trono compartido y luego vacío— y abre un sarcófago donde solo hay ceniza. De esa ceniza brota una chispa, y de la chispa un pacto: presencia y astucia a cambio de la destrucción de Zarabanda.
Muy lejos de allí, en Vejestorio, el poblado más septentrional del imperio de Antara, las campanas de la escuela anuncian el primer día de clases tras un invierno duro. Yosef llega tarde, como siempre, y encuentra a su maestro dibujando en el pizarrón el mapa del mundo conocido: la frontera de Carcoma al norte, el Páramo al este, Mitra al oeste, la capital Marfilia al sur. Para Teodorio, la geografía es lo urgente y los monstruos son literatura; la magia, un poder que arruinó a demasiados y que sería mejor no volver a encontrar. Para Yosef, hijo de un herborista que además negocia rescates entre mercaderes y bandoleros, esa misma historia es una promesa: la de darle al pasado una segunda oportunidad.
La aldea, sin embargo, no es tan apacible como el mapa sugiere. En el patio del recreo, la prima de Yosef, Arlinda, atrae piedras y acusaciones por su afición a las hierbas y a los conjuros, y el rescate improvisado del muchacho no repara un vínculo familiar roto desde la muerte de su madre. Del regreso de su padre llega una noticia más inquietante que cualquier rumor de brujas: los campamentos de saqueadores están vacíos, los tesoros abandonados, y un anciano moribundo habla de un aviso venido desde más allá de la frontera, de bestias malas y tiempos de sangre.
En paralelo, en la ciudadela de Armasijo, Arminia espera el juicio de su propia hermandad. La acusan de insubordinación y calumnia por señalar en público que los grandes maestros reservan los mejores puestos para los novicios de cuna noble. Su don —moverse hacia el pasado, saltar al futuro, esquivar el presente— la salva de un asesino armado con un cuchillo de hueso negro, esa arma que solo empuñan los siervos del Caos; no la salva, en cambio, de un tribunal que ya había cerrado filas antes de escucharla.
Entre la aldea que se cree periferia y la hermandad que se cree justicia, la novela va tendiendo los hilos de una amenaza que ninguno de sus personajes nombra todavía. Es una fantasía de tono clásico y ejecución sobria, atenta a la vida cotidiana de los pueblos fronterizos, a la memoria de las quemas de brujas y a la pregunta que atraviesa todo el libro: si la magia no es buena ni mala, qué hace de ella quien la encuentra primero.