Joan Wood es una viuda londinense atrapada en la monotonía y el aburrimiento. Con dinero ganado en el bingo, impulsivamente adquiere lo que cree es un castillo en una subasta de arte, pero descubre que ha comprado una antigua maqueta del…
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Joan Wood es una viuda londinense atrapada en la monotonía y el aburrimiento. Con dinero ganado en el bingo, impulsivamente adquiere lo que cree es un castillo en una subasta de arte, pero descubre que ha comprado una antigua maqueta del misterioso castillo del conde Roxlasky. Esa noche, mientras examina su peculiar adquisición en su estudio, sucede algo inexplicable: la maqueta cobra vida, y una voz ancestral emerge desde sus profundidades pidiendo su atención.
Joan Wood es una viuda de cincuenta años que vive en Londres sumida en una profunda melancolía. Viuda desde hace tiempo, con su hija estudiando en Oxford, pasa sus días en una rutina monótona que la sofoca como si estuviera encerrada en una olla a presión. Aunque económicamente se sostiene gracias a la pensión de viudedad, su vida carece de propósito y emoción. Ha visitado psiquiatras y probado diversos euforizantes, pero nada logra disipar la apatia que la envuelve.
Una tarde de invierno, tras ganar ciento doce libras en el bingo, Joan experimenta una extraña necesidad de escapar de su rutina. Camina sin rumbo bajo la lluvia fría de Londres hasta que un anuncio en una ventanilla de autobús la detiene: una subasta de arte en la Royal Symbol Gallery. Sin pensarlo demasiado, se apea del vehículo y entra.
En la sala de subastas, rodeada de personas que parecen conocedoras del arte, Joan se siente por primera vez en meses realmente viva. Cuando se anuncia la subasta del castillo del conde Roxlasky, nadie pujaporte más que ella. Sorprendida y embriagada por la adrenalina, levanta su mano y adjudica la pieza por cien libras. Se ve a sí misma como una mujer de fortuna, lista para llevarse un verdadero castillo.
La decepción llega rápidamente: lo que ha comprado es una intrincada maqueta de piedra negruzca, una obra maestra en miniatura tan pesada que apenas puede moverse. Aunque desconsolada por su ingenuidad, Joan decide llevar la curiosa adquisición a su estudio. Esa noche, mientras examina la maqueta con sus torres siniestras, su cementerio en miniatura y sus detalladas gárgolas, sucede lo inesperado: una voz emerge desde los pliegues sombríos de la pieza, identificándose como la del alquimista Crowen, servidor del conde Roxlasky.
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