Tres presos se fugan de la penitenciaría de Alcatona y, en cuestión de horas, un neumático reventado convierte la huida perfecta en una caminata a pie por vías de tren, campos de algodón y carreteras secundarias.
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Tres presos se fugan de la penitenciaría de Alcatona y, en cuestión de horas, un neumático reventado convierte la huida perfecta en una caminata a pie por vías de tren, campos de algodón y carreteras secundarias. Bowie, el más joven, se deja arrastrar por la experiencia de T-Dub y por el instinto seco de Chicamaw mientras se repite que solo quiere cinco mil dólares para comprarse una segunda oportunidad. En el escondite de Keota, entre mapas de carreteras y una escopeta recortada, el plan de asaltar bancos empieza a tomar forma; también lo hace, casi sin ruido, la presencia de una muchacha llamada Keechie. Una novela seca y física sobre hombres que confunden la fuga con la libertad.
Todo empieza con una espera entre robles: dos hombres con botas de presidiario vigilando una pista embarrada, el aire cargado de chicharras, la torre de vigilancia todavía visible por encima de los muros encalados. Cuando el taxi aparece con el tercer cómplice y un paquete de ropa civil, la fuga se ejecuta con la limpieza de algo largamente ensayado. Dura poco. A catorce kilómetros de la prisión un neumático estalla como si reventara el asfalto, y a partir de ahí la novela se convierte en lo contrario de una escapada: un coche robado a un granjero que come cebolla cruda en la cocina, un motor que se ahoga, kilómetros de balasto bajo unos zapatos que abren la carne, ladridos de perros a lo lejos que pueden ser cazadores de zarigüeyas o pueden ser otra cosa.
Los tres hombres se dibujan por lo que dicen mientras esperan. T-Dub, veterano metódico, lleva la cuenta de los bancos que ha asaltado y explica que la mejor manera de estudiar uno es entrar a ingresar veinte dólares. Chicamaw, callado y exacto, sierra los cañones de una escopeta sentado en un cubo del revés y cuenta cómo se saca dinero de un cajero comparando la hoja de caja con lo que lleva en las manos. Bowie, el más joven de los tres, escucha y calcula: nueve años dentro, una silla eléctrica esquivada por poco, una madre enferma a la que enviar un sobre con billetes, y la convicción íntima —que el lector reconoce enseguida como una ilusión— de que reunirá cinco mil dólares y se retirará limpio.
Separado de sus compañeros bajo una tormenta, Bowie pasa una noche entera entre gavillas de trigo despidiéndose mentalmente de todos los suyos, y por la mañana entra en el pueblo subido a un carro de mulas, compra ropa seca con diez dólares y encuentra el escondite: una barraca de chapa ondulada detrás de una gasolinera, con dos agentes uniformados vigilando desde el otro lado de la carretera. Allí, en el calor bajo del techo, se traza el itinerario hacia Texas, se cuentan los dólares que quedan, se elige la ciudad donde está el banco que merece la pena. Y allí aparece Keechie, la hija del contrabandista que los cobija: una chica de pelo negro cortado a lo garçon que les lleva la comida y los periódicos, no se ríe de sus bromas y provoca en Bowie una incomodidad nueva, más peligrosa que cualquier persecución.
Escrita en frases cortas, con diálogo de oído afinado y una atención casi táctil al calor, al polvo, a la sangre en los pies y al olor a alfalfa seca, esta es una historia de la América rural de la Depresión contada desde dentro del delito, sin justificarlo y sin adornarlo. Sus protagonistas repiten una y otra vez que los policías, los tenderos y los políticos son ladrones igual que ellos; el relato no les da la razón ni se la quita, pero deja que esa convicción funcione como la única moral disponible en un lugar donde no hay dinero para un abogado. El resultado es un retrato de la lealtad entre hombres que solo se tienen unos a otros y del instante exacto en que un chico decide que ya no piensa confiar en nadie.
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