Una adolescente deja el sol de Phoenix por un pueblo lluvioso del noroeste y descubre que la familia más hermosa y hermética del instituto guarda un secreto que la roza de cerca desde el primer día.
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Una adolescente deja el sol de Phoenix por un pueblo lluvioso del noroeste y descubre que la familia más hermosa y hermética del instituto guarda un secreto que la roza de cerca desde el primer día.
Isabella —Bella para quien la conozca— toma una decisión que no desea: mudarse con su padre a Forks, un pueblo diminuto de la península Olympic donde llueve más que en cualquier otro lugar del país. Lo hace por su madre, para dejarle espacio a una vida nueva, y lo hace mintiendo con una convicción que solo la práctica le ha dado. Cambia setenta y cinco grados y un cielo despejado por un techo permanente de nubes, un bosque tan verde que parece otro planeta y una camioneta antigua, ruidosa e indestructible que se convierte, casi de inmediato, en lo más parecido a un hogar que tiene.
La novela empieza donde empiezan las mudanzas: en los detalles. El reencuentro incómodo con Charlie, jefe de policía y hombre de pocas palabras, con quien comparte el silencio como se comparte una herencia. La casa de dos habitaciones que no ha cambiado desde que ella nació. El instituto de trescientos cincuenta y siete alumnos —ahora cincuenta y ocho— donde todos crecieron juntos y ella llega como curiosidad y como rumor. Los nombres que olvida, las clases que ya cursó, la torpeza que la delata, el rubor que la traiciona. La narración en primera persona, irónica y despiadada consigo misma, convierte esa incomodidad cotidiana en el verdadero motor de los primeros capítulos.
Y entonces, en la cafetería, aparecen ellos: cinco jóvenes sentados aparte, con bandejas intactas, de una belleza que no admite explicación razonable. No se parecen entre sí y sin embargo son idénticos en lo esencial: una palidez de tiza, ojos muy oscuros, sombras violáceas bajo ellos, una gracia al moverse que resulta inquietante de observar. Son los hijos adoptivos del doctor Cullen, llegados hace dos años desde Alaska, y el pueblo los mira con la mezcla habitual de admiración y recelo. Bella siente por ellos una piedad inmediata —también son forasteros— y un alivio egoísta: no es la única recién llegada.
El encuentro que reorganiza el libro es el más breve. El menor de ellos, Edward, la mira desde su mesa con una expectativa que ella no sabe leer. Horas después, obligado a compartir con ella el único pupitre libre de Biología, se aparta hasta el borde de la silla, aprieta el puño hasta marcar los tendones y la observa con una hostilidad tan desnuda que le eriza la piel. No se conocen. No han hablado. Cuando suena el timbre, él sale antes que nadie; poco después, ella lo sorprende en la oficina intentando cambiar de clase a cualquier otra hora, a cualquier otra. Al día siguiente, sencillamente no está.
Sobre esa ausencia se construye la tensión. Un breve prefacio, situado meses más adelante, adelanta que la protagonista se enfrentará a la muerte en una habitación larga, frente a un cazador de ojos oscuros que sonríe con amabilidad, y que aceptará morir en lugar de alguien a quien ama sin arrepentirse de haber ido a Forks. Ese anuncio, junto al epígrafe del Génesis sobre el árbol del conocimiento del bien y del mal, tiñe cada escena escolar de una amenaza que aún no tiene nombre.
Lo que la obra propone, en su arranque, es una lectura doble: la crónica reconocible de una adolescente que no encaja en ninguna parte y no sabe si el defecto está en el mundo o en su propia manera de mirarlo, y el relato de un misterio que se manifiesta primero como rechazo y solo después como fascinación. Entre el rumor de un pueblo pequeño, la lluvia constante y el peso de una advertencia bíblica, la historia avanza hacia la única pregunta que importa: qué es exactamente lo que Edward Cullen ve cuando la mira, y por qué le cuesta tanto soportarlo.