Dos itinerarios se trenzan sin previo aviso: el de una mujer que se queda sola en el piso que compartía con su pareja y el de un sacerdote joven cuya fe se derrumba ante la muerte absurda de un bebé en un parque.
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Dos itinerarios se trenzan sin previo aviso: el de una mujer que se queda sola en el piso que compartía con su pareja y el de un sacerdote joven cuya fe se derrumba ante la muerte absurda de un bebé en un parque. La obra avanza por escenas breves, casi filmadas, en las que los gestos mínimos —pedir unas llaves, quemar unas cartas, fregar el suelo, alzar un cáliz— cargan con todo lo que los personajes no llegan a decirse. Prosa seca, observadora y sin consuelo fácil.
Empieza con una despedida que apenas se pronuncia. Alguien mete una llave en la cerradura, entra en el piso, recoge sus maletas del comedor y se marcha sin saludar; ella solo extiende la palma abierta para recuperar las llaves y, desde el rellano, mira sin verdadera curiosidad a la muchacha que espera en el coche. Ese arranque fija el método del libro: nada se explica, todo se observa. Lo que sabremos de la ruptura llegará después, a cuentagotas, en una conversación de granja con una amiga que insiste en que cuesta de entender, mientras la protagonista admite que ni siquiera a sí misma se lo cuenta todo.
En paralelo, y sin transición que avise, se abre una segunda línea. Un sacerdote de veintisiete años sube por un camino de parque con el breviario cerrado en la mano cuando ve caer una piña sobre el cochecito de un recién nacido. Casi no hay sangre: solo una herida diminuta en la sien y una madre que grita. Él no se acerca a socorrerla; se aparta entre los árboles, apoya las manos temblorosas en un tronco y formula la pregunta que ya no podrá desactivar. A partir de ahí, la fe heredada de la infancia, reforzada en la adolescencia y agarrada como una tabla después de la ordenación, se vacía desde dentro.
Las dos historias avanzan alternadas, en capítulos cortos que se pasan el relevo sin costura. Ella traduce por encargo un libro largo con un plazo de tres meses, sube a pie a una editorial de escalera oscura, esquiva las llamadas de su madre y la visita de su hermana, limpia la casa entera en un día de calor, quema las cartas que quedaban en el fondo de un cajón y administra a solas su deseo y su insomnio. Él celebra misa creyéndose un autómata que oficia en su propia ausencia, busca respuesta en un sacerdote mayor que solo sabe ofrecerle culpa ajena y castigo justificado, escribe de noche notas que rompe en trozos cada vez más pequeños, esconde detrás de los libros un viejo manual de Erasmo y acaba llamando a un timbre desconocido para dar un pésame que nadie le ha pedido.
El material es incómodo y la novela no lo suaviza: la teología del castigo aplicada al cuerpo de las mujeres, la soledad como estado civil no elegido, la sexualidad narrada sin eufemismo ni morbo, la sospecha de que un Dios que lo consiente todo deja de distinguir el bien del mal. Los personajes secundarios —una amiga, una vecina, una hermana, una tía hostil— aparecen apenas lo justo para devolver a los protagonistas su propia opacidad, y algunos nombres y escenarios reaparecen de un hilo al otro, insinuando que estas dos vidas transcurren mucho más cerca de lo que ninguno de los dos sospecha.
Escrita en catalán y anclada en una Barcelona reconocible de plazas, rellanos, patios interiores y taxis que no pueden entrar en el casco viejo, la obra interesará a quien busque narrativa contemporánea de registro sobrio, con más conducta que psicología explicada, y a quien tolere que las preguntas centrales —qué se hace con una vida cuando se cae el sentido que la sostenía— se queden deliberadamente abiertas.