Seis estampas cómicas recorren los patios, merenderos y solares del Madrid popular en el momento en que el deporte moderno irrumpe en la vida de barrio.
Descargar
Seis estampas cómicas recorren los patios, merenderos y solares del Madrid popular en el momento en que el deporte moderno irrumpe en la vida de barrio. Un luchador de grecorromana que vuelve derrotado a las dos de la madrugada, unos vecinos que improvisan sus propios juegos olímpicos, un padre deslumbrado por el boxeo, un equipo de fútbol reunido en asamblea, un nadador que entrena en una tina y un hipódromo montado con burros y madera de cajón componen un retrato donde la ambición atlética choca sin remedio con la estrechez doméstica. El motor del libro no es la hazaña, sino el lenguaje: una lengua de barrio que deforma los tecnicismos extranjeros y convierte cada explicación en un malentendido.
La obra reúne una serie de cuadros breves, escritos íntegramente en forma dialogada, que comparten un mismo asunto: la llegada del deporte —la lucha grecorromana, el boxeo, el fútbol, la natación, las carreras, los juegos olímpicos— a un Madrid de casas de vecindad, escaleras estrechas, merenderos con sillas cojas y solares rodeados de viviendas humildísimas. Cada escena arranca de una situación mínima y doméstica, y de ella extrae una progresión cómica que casi siempre termina en desastre menor.
En la primera estampa, una mujer y un amigo esperan de madrugada el regreso del marido, luchador profesional que combate bajo nombre extranjero pese a llamarse de otro modo mucho más llano. Cuando el hombre aparece, relata su derrota en el combate por el título con una minuciosidad técnica que su interlocutor entiende siempre al revés; la broma de más acaba resolviéndose con una demostración práctica de fuerza en el hueco de la escalera. La segunda traslada la escena a un merendero donde cuatro amigos se entrenan al juego de la rana para unos juegos olímpicos de barriada, con federaciones de siglas impronunciables y una puntería que va dejando un lesionado tras otro.
Después, en una cocina que hace las veces de todas las habitaciones de la casa, un padre descubre la carta de amor que el novio de su hija le ha escrito con ortografía propia. Lo que empieza como reprimenda se convierte en una lección elemental sobre qué es el boxeo —el ring, el gong, los descansos, el fuera de combate, la victoria a los puntos— y termina en una conversión inesperada, cuando el padre calcula lo que puede ganarse repartiendo golpes y decide abandonar su oficio. Sigue la sesión de la junta directiva de un club de fútbol de barrio, presidida con una lata de conservas por campanilla, donde el discurso sobre el honor deportivo y la limpieza del historial desemboca, sin transición, en instrucciones muy concretas sobre dónde conviene pisar al contrario.
Las dos últimas piezas insisten en el mismo contraste. Un hombre que presenció un concurso de natación pasa desde entonces seis u ocho horas diarias metido en una tina de lavar la ropa, convencido de que así se prepara para cruzar el Atlántico y hacer fortuna, mientras su mujer y un vecino comentan el caso con creciente resignación. Y en un solar de las afueras, un antiguo aficionado al hipismo organiza un gran premio con burros del vecindario, báscula improvisada, caseta de apuestas y trescientos espectadores.
El conjunto funciona como una comedia de habla más que de peripecia. Los personajes explican, discuten y presumen; el efecto nace del choque entre el vocabulario importado del deporte y una lengua popular que lo deforma, lo traduce mal y lo reinterpreta a su manera, encadenando símiles disparatados y equívocos que se sostienen párrafo a párrafo. Bajo la risa asoma, sin subrayados, un retrato de la escasez: pisos rotos, sueldos cortos y la esperanza terca de que alguna de esas nuevas ocupaciones acabe dando de comer.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.