Una anciana millonaria regresa a su casa aislada tras una operación de corazón y encuentra, escrita con carmín en el espejo de su tocador, una advertencia de muerte que se borra sola.
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Una anciana millonaria regresa a su casa aislada tras una operación de corazón y encuentra, escrita con carmín en el espejo de su tocador, una advertencia de muerte que se borra sola. A partir de ahí, la mano amputada de un desconocido, una voz que se presenta al teléfono como la MUERTE y la llegada simultánea de sus tres sobrinas convierten el hogar en una trampa. La avería de un coche deja allí, por azar, a un detective privado.
Cornelia Russell vuelve a la casa donde nació, a unos kilómetros de la pequeña localidad de Monnorwing, después de un mes de clínica y reposo. La rodean la niebla espesa, los ventanales altos y los muebles macizos de otro tiempo; también el recuerdo de un compromiso roto hace décadas, cuando descubrió que su prometido solo aspiraba a su fortuna. Ese regreso, que debería ser un alivio, se tuerce en cuestión de minutos: apenas se cierra la puerta, la dueña de la casa siente que ha entrado en un lugar que ya no es suyo.
La primera señal aparece en el espejo ovalado de su tocador, donde alguien ha escrito con un pintalabios de tono rojo violáceo un anuncio inequívoco de su muerte. Cuando el viejo mayordomo sube a comprobarlo, el cristal está limpio. Poco después, tendida a oscuras, Cornelia siente que una mano fría le estrecha los dedos bajo la colcha: al encender la luz descubre que se trata de una mano de hombre, amputada por la muñeca. También esa prueba se desvanece antes de que nadie más pueda verla. Y cuando marca de memoria el número de su médico, quien contesta al otro lado es una voz hueca que se identifica como la MUERTE y le promete una visita próxima.
Esa misma tarde llegan sus tres sobrinas —Jeanette, Isabelle y Priscilla, hijas de sus dos hermanos fallecidos— dispuestas a acompañarla unas semanas. Cornelia les cuenta todo lo ocurrido y, mientras habla, repara en un detalle que lo cambia todo: las tres llevan los labios pintados exactamente del mismo tono que la amenaza del espejo. A partir de ese instante deja de fiarse de nadie bajo su techo, ni de las sobrinas, ni del mayordomo, ni de la sirvienta.
En paralelo, la novela abre un segundo frente. Scott Mayton, detective privado joven y bien cotizado, acepta un encargo ambiguo de una antigua investigada que ahora lo contrata a él. El trayecto por la carretera se interrumpe cuando encuentran desvanecida a una muchacha que asegura haber visto a un hombre ensangrentado que corría sujetando su propia mano cortada, y a un desconocido embozado que se la arrebató en plena niebla para después arrojársela a la cara. Una tormenta súbita y una avería de motor los empujan hasta el porche de la única casa iluminada de los alrededores: la de Cornelia Russell.
El azar coloca así, bajo un mismo techo, a la víctima de una campaña de terror, a las tres únicas personas con motivo para heredarla, a un testigo que habla más de la cuenta y al hombre capaz de atar los cabos. Una explicación mundana asoma pronto —un accidente laboral en un matadero cercano justifica el origen de la mano—, pero no aclara cómo llegó hasta la cama de una mujer convaleciente, ni quién borra las pruebas, ni por qué el teléfono responde con una voz de ultratumba. Contada con capítulos breves, atmósfera de niebla permanente y una escalada de golpes de efecto, la obra combina el relato de casa cerrada con el thriller de detective: mientras el lector sospecha de lo sobrenatural, el investigador trabaja sobre la hipótesis mucho más incómoda de que alguien muy cercano quiere que un corazón enfermo deje de latir.
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