Un escritor bloqueado inventa a Joaquín, un académico que viaja a San Petersburgo y se enamora sin atreverse a hablar. Mientras avanza el manuscrito, la mujer imaginada aparece en la calle real y toca su puerta, y las páginas empiezan a…
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Un escritor bloqueado inventa a Joaquín, un académico que viaja a San Petersburgo y se enamora sin atreverse a hablar. Mientras avanza el manuscrito, la mujer imaginada aparece en la calle real y toca su puerta, y las páginas empiezan a escribirse solas. La colección continúa con un narrador que compite contando historias ante un público y recibe, desde un enchufe de la pared, un relato que asegura no poder guardar más tiempo.
Ramiro lleva casi dos años sin escribir nada que valga la pena. Su primera novela tuvo éxito y ese éxito lo dejó paralizado, más preocupado por superarse que por encontrar una historia que lo apasione. Como una forma de autoexorcismo, decide inventar a Joaquín: un hombre de letras pedante, de los que persiguen estructuras inéditas en lugar de tramas y personajes, todo aquello que Ramiro culpa de haberlo alejado de la literatura verdadera.
Joaquín viaja a Rusia a dictar conferencias y se instala en un cuarto a orillas del Neva. Es junio en San Petersburgo y la ciudad no conoce la oscuridad: un sol trasnochado a las once de la noche, veredas con obras nunca terminadas, una capa de polvo gris sobre personas y edificios. Quien lo recibe en el aeropuerto es Sasha, joven docente de la Facultad de Lenguas Orientales, de una belleza despojada que lo desarma. Joaquín se sabe incapaz de dar el primer paso, así que se conforma con las conferencias traducidas por un intérprete diminuto y respetuoso, las caminatas por la Nevsky Prospect, un paseo nocturno en lancha bajo los puentes levadizos que se abren como una fuga de gigantes hacia el mar. Y con desnudarla en la ficción: la mujer de su novela nace a imagen de Sasha.
Ramiro escribe de noche, come lo que encuentra en la heladera y castiga a su personaje con un celibato involuntario. Hasta que una mañana, al salir a comprar comida, casi choca en la esquina con una muchacha de piel transparente, ojos color del cielo y pelo oscuro a la altura de los hombros: la imagen viva de Sasha, incluso en detalles que él nunca escribió. Poco después ella golpea su puerta, entra sin hablar y se queda. Cuando Ramiro despierta, está solo, sin un nombre ni un dato para buscarla, y la ciudad entera le resulta un delirio ajeno a su desgracia. Al volver al manuscrito descubre que tiene más páginas de las que recordaba haber escrito, y que la historia continúa exactamente donde él la dejó.
El volumen no se agota ahí. En otra pieza, un contador de historias mide el tiempo de su público con precisión de duelista y, obligado a improvisar frente a un rival que acaba de impresionar a todos, anuncia que su relato se lo contó un enchufe. Una tarde de agosto, buscando a gatas la pila de su audífono, escuchó una voz que decía hablarle desde el interior de la pared: alguien que vivió afuera, que rompe un pacto sagrado de silencio y que confía su secreto a un narrador porque así nadie creerá que es cierto. Todo empezó, dice la voz, con un teléfono que sonó y un trapo que no aparecía.
Dos relatos unidos por una misma sospecha: que las historias no se dejan gobernar por quien las cuenta, y que a veces devuelven el gesto.
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