Una periodista del News of the Day viaja a Woottlan para entrevistar a tres internos de un sanatorio psiquiátrico: los mismos hombres que, tras fugarse, vaciaron la caja fuerte de un lord y escondieron un botín que nunca apareció.
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Una periodista del News of the Day viaja a Woottlan para entrevistar a tres internos de un sanatorio psiquiátrico: los mismos hombres que, tras fugarse, vaciaron la caja fuerte de un lord y escondieron un botín que nunca apareció. Entre la niebla, un motel de carretera y un pabellón donde la locura no siempre parece auténtica, Loretta descubre que otros han llegado antes que ella con la misma pregunta. Y que averiguar la respuesta puede costarle la vida.
La niebla se cierra sobre la carretera cuando Loretta llega a Woottlan con un encargo sencillo solo en apariencia: escribir unos artículos sobre tres locos. Reginald, Nicholas y Max fueron declarados dementes y recluidos, pero dos años atrás se fugaron el tiempo justo para entrar en la mansión de lord Kerrington y desvalijar su caja fuerte. A ellos los recuperaron; a las joyas, valoradas en quinientas mil libras, no. Desde entonces la víctima del robo repite una objeción incómoda: ningún plan tan meticuloso sale de una mente perturbada.
El motel donde la periodista se instala resulta ser un observatorio inmejorable y un lugar poco tranquilizador. El recepcionista tiene la mirada helada; los camareros del bar contiguo hablan con una vacilación que nadie explica; un huésped bajo y grueso apura con devoción una copa que no contiene vino. Otro, de americana a cuadros, conoce demasiado bien la historia del robo y no cree en el diagnóstico oficial. Y en una mesa apartada bebe whisky tras whisky Sabina Arcand, antigua compañera de Reginald, que ha viajado hasta allí con un pacto en el bolsillo: localizar el botín a cambio de una recompensa.
Al otro lado de una tapia demasiado alta, el sanatorio ofrece su propia versión del orden. El doctor Freechman clasifica a sus pacientes por alas y grados de mejoría; el doctor Welch explica el sistema con soltura; el enfermero Morrow, un gigante silencioso, vigila. Basta un descuido —una puerta que debía estar cerrada, unas botellas de alcohol que nadie custodiaba— para que ese orden se derrumbe en una escena de crueldad colectiva de la que Loretta escapa por muy poco, y gracias al interno menos previsible: Roger Burggan, que confiesa un parricidio y lo desmiente un minuto después.
A partir de ahí, la investigación periodística se convierte en otra cosa. Cada respuesta incoherente puede ser un cálculo, cada excentricidad una coartada, y la pregunta ya no es dónde están las joyas, sino quién finge y con qué propósito. Intriga criminal con un pulso constante de terror, construida sobre un escenario cerrado —niebla, motel, manicomio— donde la frontera entre la locura y el cálculo se vuelve deliberadamente ilegible.
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