En un pueblo de la Costa da Morte, la muerte de una adolescente durante un temporal destapa lo que todos callan: el dinero del narcotráfico que sostiene, en la sombra, la economía del mar.
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En un pueblo de la Costa da Morte, la muerte de una adolescente durante un temporal destapa lo que todos callan: el dinero del narcotráfico que sostiene, en la sombra, la economía del mar. Cansadas de decidir nada y de pagarlo todo, las palilleiras de la comarca se reúnen en la sede de su asociación y toman una decisión sin retorno: convocar a las tres viejas, un poder antiguo cuyas intervenciones nadie sabe medir. La novela alterna esa trama comunitaria con la voz de Ari, recién llegada como responsable del museo del encaje, y con un coro que habla desde un tiempo detenido, hasta trenzar realismo social y mito en un mismo hilo.
Ari llega a Camariñas con veintinueve años, unas maletas y una plaza en el museo del encaje. El pueblo la recibe con temporal y con un entierro: el mar ha devuelto a la arena el cuerpo de una adolescente y no falta nadie en el cementerio. Entre susurros, las mujeres le explican a la desconocida lo que ya es versión oficial —una salida imprudente con marea viva— mientras dejan caer que hubo algo más y que aquello tendrá consecuencias. Ari no entiende del todo esa palabra hasta mucho después. Lo que sí registra desde el primer día es la mirada de una mujer entre la gente, una mirada habitada por algo que no parece del todo humano.
Mientras Ari se instala, traza rutas, dibuja picados y abre clases de palillo para las niñas de la comarca, la otra línea del relato avanza en las tardes de labor. Allí, sobre el repiqueteo de los bolillos, las palilleiras ponen nombre a lo que nadie dice en voz alta: las descargas nocturnas, los sobresueldos, las planeadoras, los móviles de usar y tirar. La muerte de la chica no fue un accidente de navegación, y esa certeza compartida rompe un pacto de siglos. Cuando Lita —mariscadora, redeira, enlatadora, treinta años de doble y triple jornada— golpea la mesa y pide llamarlas, el miedo llena la sala: convocar a las tres viejas significa aceptar un desenlace que no se podrá controlar.
A partir de ahí la novela se organiza como un tejido. Un coro de mujeres vestidas de lino repite órdenes en un lugar sin tiempo; tres hermanas hilan, miden y cortan a la manera de las Parcas, aquí convertidas en arañas encajeras. Una segunda persona íntima reconstruye, desde dentro, los últimos días de la adolescente: los seguidores, los directos, los tratos con el padre, la promesa de un móvil nuevo. Y una tercera línea sigue el ascenso al monte de las palilleiras de toda la costa, de Razo a Fisterra, procesión blanca y sudorosa que sube a cumplir un rito heredado de madres y abuelas.
El resultado es una obra coral sobre el trabajo invisible y la autoridad negada: el encaje como oficio mal pagado y como saber comunitario, el mar como fuerza que da y quita, el narcotráfico como economía tolerada. Escrita con prosa densa y sensorial, con el gallego colándose en los diálogos y una puntuación que imita el ritmo de los palillos, la novela sostiene la ambigüedad hasta el final: nunca aclara si lo que se pone en marcha es una insurrección o un conjuro, y esa indecisión es precisamente su forma.