Novela coral construida con escenas breves y numeradas que retratan la infancia y la primera adolescencia en la Barcelona que va de la Exposición Internacional de 1929 a la proclamación de la República en 1931.
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Novela coral construida con escenas breves y numeradas que retratan la infancia y la primera adolescencia en la Barcelona que va de la Exposición Internacional de 1929 a la proclamación de la República en 1931. Sin narrador que juzgue ni hilo argumental único, la obra salta de un portal de vecindad a un aula, de un jardín burgués a una manifestación en la Rambla, y compone por acumulación el retrato de unos chicos que espían el mundo adulto justo cuando ese mundo empieza a cambiar de forma.
Siete escenas, siete puertas entreabiertas. La obra avanza por capítulos cortos y numerados que no continúan una historia sino que rodean un mismo territorio: el de unos niños y adolescentes barceloneses que, entre 1929 y 1931, descubren a la vez el cuerpo, la injusticia, la enfermedad y la política, sin que nadie les explique nada de todo ello.
En el pasillo de una casa de vecinos, mientras tras una ventana iluminada un matrimonio comenta las declaraciones de Primo de Rivera, unos críos se esconden en el fondo oscuro de un cul-de-sac; la escena de curiosidad y desafío se corta en seco cuando aparece un adulto, y el episodio queda —como todo en el libro— sin comentario ni castigo, apenas con la vergüenza y la carrera hacia la escalera. En otra casa, Domènec vuelve de la Exposición con los pies destrozados y una gota de mercurio robada de una fuente, mientras su padre repasa folletos de camiones, maquetas y mecanos con una fe que al hijo se le escapa; poco después será ese mismo padre, con un delantal atado a la cintura, quien llore de espaldas en la cocina después de que un ataque al corazón haya dejado a la madre en cama. En un jardín, un juego de prendas se vuelve un pequeño tribunal cuando una de las niñas se niega a cumplir la suya y descubre que las reglas del grupo pesan más que la amistad. En una escuela, Matilde encaja el castigo por una estampa disputada y responde con una venganza silenciosa, minúscula y exacta, en los peldaños de la escalera. Y el 14 de abril, entre banderas en los balcones y el «Bon cop de falç» subiendo por la Rambla, Domènec vive la euforia colectiva a un paso de distancia, discutiendo con un compañero escéptico y envidiando al chico que sostiene la bandera sobre la cabina de un camión.
La prosa es seca, casi conductista: registra gestos, réplicas y objetos —un frasco de gotas, una caja de cerillas, un titular de periódico— y se retira antes de interpretarlos. Lo que emerge de ese montaje es un retrato doble: el de una edad en que se mira el mundo adulto por rendijas, y el de una ciudad que en dos años pasa de la fiesta de los pabellones a la calle tomada. Sin nostalgia ni moraleja, el libro deja que el lector cierre lo que los personajes todavía no saben nombrar.
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