Tras un accidente en una carretera desierta, una joven despierta sin saber quién es. Un carnet le da un nombre —Jeanet Tammers— y una dirección; una carta escondida en su bolso le atribuye algo mucho peor: haber ordenado un asesinato.
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Tras un accidente en una carretera desierta, una joven despierta sin saber quién es. Un carnet le da un nombre —Jeanet Tammers— y una dirección; una carta escondida en su bolso le atribuye algo mucho peor: haber ordenado un asesinato. Para entender de qué la acusan, acude a una cita en el cementerio de Kellintton, donde la espera un hombre desfigurado que dice amarla. Cada respuesta que obtiene sobre su pasado la vuelve más ajena a sí misma.
La novela arranca con una imagen mínima y eficaz: un coche incrustado contra un árbol, un cielo que se tiñe de rojo y una muchacha que se mira en el retrovisor sin reconocerse. El golpe le ha borrado la memoria, y el único inventario posible de su identidad son los objetos que la acompañan: un diamante en el anular, un carnet a nombre de Jeanet Tammers y un papel doblado en cuatro que un tal barón de Spellingsson le escribió para anunciarle que ya ha cumplido su encargo. Ha matado a Stewart Monnig. Le queda otra orden pendiente.
A partir de ese hallazgo, el relato avanza por acumulación de revelaciones incómodas. En Kellintton, una tendera locuaz le entrega, sin saberlo, el retrato de la mujer que fue: la amante por la que un aristócrata prometió divorciarse, y la causa indirecta de la venganza atroz que dejó al barón con quemaduras de tercer grado y el rostro deshecho. La cita en el cementerio, al anochecer y entre la niebla, confirma lo peor: el hombre que aparece entre las tumbas habla de crímenes cometidos por amor y de crímenes aún por cometer, y trata a Jeanet como a una cómplice que ya no recuerda haberlo sido.
El contrapeso es Stuart Dexter, el conductor que la recoge en la carretera y que resulta ser detective privado. Su presencia introduce una tensión distinta: Jeanet necesita ayuda, pero contarle lo que ha averiguado equivaldría a confesar un pasado que la avergüenza y que ni siquiera puede verificar. Esa distancia entre lo que sabe y lo que puede decir sostiene buena parte del suspense.
La obra se mueve con soltura entre el folletín criminal y el terror gótico: casas iluminadas donde se celebra una fiesta mientras alguien planea el próximo asesinato, un espectro real hecho de carne quemada, una doncella agradecida que administra la información a cuentagotas. Incluso se permite una secuencia de horror imaginario —cuerpos colgados de una lámpara— que resulta ser el miedo de la protagonista proyectándose sobre la puerta de su propia casa.
En el fondo late una pregunta más inquietante que el crimen: si nadie recuerda haber sido cruel, ¿sigue siéndolo? Jeanet investiga un asesinato en el que la principal sospechosa de haberlo ordenado es ella misma.
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