Una boda a medianoche en una vieja mansión aislada, al norte de Inglaterra, se convierte en pesadilla cuando un apagón de apenas un minuto deja al novio mutilado y sin ojos.
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Una boda a medianoche en una vieja mansión aislada, al norte de Inglaterra, se convierte en pesadilla cuando un apagón de apenas un minuto deja al novio mutilado y sin ojos. Un tenedor de plata en el suelo, un puente derribado por un rayo y un puñado de invitados encerrados componen el punto de partida de esta novela de terror y misterio, donde cada gesto amable puede esconder a un culpable y la venganza del mutilado amenaza por igual a todos los que quedaron dentro.
En una casa de líneas severas cercana a Peterhead, tras cuatro días de lluvia ininterrumpida, el aristócrata Peter Harrison ha impuesto una última excentricidad: casarse a las doce en punto de la noche, en la capilla privada de su propiedad, con Bárbara Mayne, animadora de un club londinense. La lista de invitados es tan breve como envenenada: tres parejas —el doctor Lloyd y su madre, el próspero hotelero Rock Kane y su hermana Alice, el joven Edward Durni y su tía, la señora Clayton— y Susan, hermana de la novia y única presencia limpia en una reunión concebida como desafío. Los tres hombres fueron pretendientes o amantes de Bárbara; Harrison los ha citado para que asistan a su victoria.
La luz se apaga durante un minuto escaso. Cuando vuelve, el novio grita, le faltan los ojos y un tenedor de plata reposa en mitad del pasillo. Nadie se ha movido de su sitio, nadie tiene sangre en las manos y, sin embargo, el culpable está entre los presentes. Herido, Harrison exige que la ceremonia continúe antes de desplomarse; ya en su alcoba repite que sabe quién ha sido y que jamás pronunciará ese nombre.
A partir de ahí la casa se cierra como una trampa. Un rayo derriba el único puente, la ambulancia y la policía quedan al otro lado, y alrededor sólo hay pantanos de agua cenagosa y un bosque enmarañado donde es fácil perderse. El traslado a un pabellón de madera, guiados por Joe, el joven mayordomo contratado apenas dos semanas antes, dura lo que tarda alguien en prenderle fuego. Una antorcha humeante, una figura con gafas negras cruzando la ciénaga y un cadáver colgado de la lámpara de bronce del gran salón —anunciado horas antes por una frase del propio novio— empujan a los supervivientes de vuelta al vestíbulo que tanto querían abandonar.
Narrada con frases cortas y un pulso de folletín, la obra combina el enigma de cuarto cerrado con el terror gótico: la sospecha circula entre celos antiguos, dinero, madres posesivas y criados herméticos, mientras Susan Mayne, testigo involuntaria de todo, trata de decidir de quién puede fiarse antes de que amanezca.
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