En 1804, Manuel Godoy observa cómo convergen calamidades sobre España: pestes, carestías, terremotos. Bajo estas desgracias naturales, advierte una conspiración deliberada de sus enemigos políticos, encabezados por Escoiquiz, que generan…
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En 1804, Manuel Godoy observa cómo convergen calamidades sobre España: pestes, carestías, terremotos. Bajo estas desgracias naturales, advierte una conspiración deliberada de sus enemigos políticos, encabezados por Escoiquiz, que generan una hambre artificial para socavar su poder. Godoy analiza los mecanismos de la sedición, la especulación de granos y sus principios políticos frente a la crisis.
Manuel Godoy rememora en sus Memorias el año 1804 como un punto de quiebre en la historia de España. Convergen en él fuerzas que parecen obedecer un destino funesto: pestes, carestías extremas, terremotos y fenómenos celestes que el vulgo interpreta como presagios de desventura. Pero el Príncipe de la Paz, observador atento de los resortes del poder, descubre bajo esta capa de calamidades naturales una trama política deliberada.
Sus enemigos, especialmente el eclesiástico Escoiquiz, trabajan en la oscuridad. Escoiquiz anhela el poder directo; aguarda una monarquía débil bajo la influencia del joven príncipe de Asturias, a quien manipularía desde la sombra. Para alcanzar este fin, ha reclutado una facción que dispersa intriga y descontento: vilipendian al gobierno, ensalzan al heredero, presentan a Godoy como usurpador y tirano.
Lo ingenioso de esta conspiración radica en cómo transforma las calamidades naturales en arma política. Mientras Carlos IV decreta medidas de alivio, los especuladores ocultan granos, los acaparadores manipulan precios, y los rumores envenenan la opinión pública. Una carestía manejable deviene en hambre artificial, una hambre factizia que agita a los pueblos descontentos.
Godoy expone su pensamiento político en toda su complejidad. Rechaza los rigores brutales del espionaje de Estado; se niega a montar un sistema de delación que corrompería la virtud doméstica. Frente a quienes le instan a enviar comisarios regios con poderes absolutos y castigos ejemplares, propone una solución radicalmente distinta: traer granos masivamente del extranjero, desbaratar el monopolio mediante la competencia libre. Es la confianza en la razón económica, no en la represión.
Con el concurso del financista Ouvrard, Godoy intenta salvaguardar el reino. Pero el fragmento cierra en el umbral de una era donde ninguna medida de gobierno podrá contener las desgracias que se avecinan.
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