Jennifer sueña con un trasatlántico desierto sembrado de huellas de sangre, una isla donde el amor se castiga con hormigas y miel, y un hombre de negro que empuña un puñal marcado con la letra M. Sus sueños, dice, siempre se cumplen.
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Jennifer sueña con un trasatlántico desierto sembrado de huellas de sangre, una isla donde el amor se castiga con hormigas y miel, y un hombre de negro que empuña un puñal marcado con la letra M. Sus sueños, dice, siempre se cumplen. Cuando la premonición se materializa en la habitación de una clínica y termina con un hombre muerto, un jurado la absuelve. Un año después, en la casa de su tía, la muchacha anuncia un nuevo sueño: alguien va a caer de una avioneta. El psiquiatra Lex Cooley decide quedarse a averiguar de qué está hecha exactamente esa clarividencia.
Todo empieza dentro de un sueño. Jennifer despierta en el camarote de un trasatlántico con la certeza física de estar muerta, recorre pasillos vacíos marcados por huellas de sangre, presencia una colisión en la niebla y huye en un bote hasta una isla donde una pareja es untada de miel y entregada a las hormigas por haberse amado. En cada fosa de aquella tierra hay tres esqueletos, ni uno más ni uno menos. Y en todas partes reaparece el mismo hombre alto, delgado, vestido de negro, con el rostro velado por la bruma y un puñal en cuya hoja está grabada una M.
La pesadilla se repite noche tras noche hasta llevar a la muchacha —flaca, pálida, de mirada febril— a la consulta del joven psiquiatra Lex Cooley. Su tía, Nora Potter, confirma el detalle inquietante: los sueños de Jennifer siempre se han cumplido, desde la infancia. También confirma otra cosa, más mundana: hace poco heredó una fortuna, y desde entonces no le faltan pretendientes. Uno de ellos se llama Montgomery Kerr. Basta pronunciar ese nombre para que Jennifer se derrumbe. Días después, ingresada para un chequeo, media clínica ve por una puerta entreabierta cómo Kerr levanta un puñal marcado con una M y cómo la muchacha, que dormía con una pistola bajo las sábanas, dispara primero. El veredicto es unánime: legítima defensa. Lo que el lector descubre esa misma noche, tras la puerta del dormitorio, convierte la absolución en algo bastante más incómodo.
Un año más tarde, una niebla cerrada detiene el coche de Cooley justo en la carretera de Channville. Allí conoce a Loretta, antigua compañera de colegio de Jennifer, y acaba instalado como huésped en la casa de Nora Potter, entre un mayordomo impecable, un vecino que le aconseja desconfiar de la muchacha y el hermano paralítico de ese vecino, que aún recuerda el accidente que un sueño infantil anunció. Entonces Jennifer le confía la nueva pesadilla: una avioneta, una espiral, un cuerpo que cae. Y un nombre para el muerto.
Relato de suspense construido sobre una premisa perversa: si nadie duda de la profecía, nadie investiga el crimen. La novela alterna el registro alucinado del sueño con la mecánica fría de una casa donde el dinero, el afecto y la sospecha circulan en las mismas habitaciones, y deja al psiquiatra —y al lector— la tarea de decidir dónde termina el don y dónde empieza el cálculo.
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