Cuando Raquel Vidal muere a los noventa y dos años, deja a sus tres hijas una libreta de tapas doradas rotulada como si fuera el catálogo de una tienda de ropa: dentro está su vida contada a su manera, luminosa, desordenada y sin una sola…
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Cuando Raquel Vidal muere a los noventa y dos años, deja a sus tres hijas una libreta de tapas doradas rotulada como si fuera el catálogo de una tienda de ropa: dentro está su vida contada a su manera, luminosa, desordenada y sin una sola disculpa. La menor de las hermanas la lee de un tirón y comprueba que el legado no explica nada; solo devuelve preguntas a alguien que ya no puede contestarlas. Desde ahí reconstruye a una madre difícil, explosiva y señorial —trilliza, protestante, princesa hasta en la residencia geriátrica— y mide el hueco exacto que deja quien nunca supo pedir perdón. Un relato de filiación escrito con ironía seca y sin autocompasión.
Todo empieza con una niña de seis años que llena un folio de letras inventadas y se cuenta a sí misma una historia, hasta que su madre le arranca la hoja para recordarle que aquello no son palabras. Cuarenta años después, esa niña sabe escribir, y lo que escribe es precisamente lo que su madre nunca le dijo.
Raquel Vidal nació en Barcelona en 1925, en una familia protestante y en un parto de trillizas que estuvo a punto de costarle la vida a la abuela. Fue, según la mitología doméstica que su propio padre alimentó, la primera en salir y la última en llorar: una princesa. Ese título la acompañó toda la vida y organizó a su alrededor un pequeño reino de súbditas —su madre, sus hermanas, su marido, sus tres hijas, las asistentas, las cuidadoras— del que nadie salió indemne. Tres años antes de morir, ya interna en una residencia, decidió redactar sus memorias en una libreta dorada ilustrada con fotografías y recortes. La hija menor las hereda y las lee en una sola sentada: siete horas de elipsis, digresiones, hazañas retocadas y silencios estratégicos.
La narración avanza por dos vías que se trenzan. Por un lado, el presente administrativo del duelo: una factura funeraria que cobra flores y maquillaje que nadie encargó, una reclamación absurda en una oficina con suelo de mármol verde, el ataúd cerrado y la cruz desnuda de los protestantes. Por otro, la memoria compartida y desigual de tres hermanas: la mayor, que se enfrentó; la mediana, que se dobló; y la pequeña, que aprendió a cambiar de canal para no mirar y hoy debe escribir con lo poco que retuvo. A su lado aparecen el abuelo colportor, menorquín y calvinista, que repartía biblias esquivando curas y jugaba a la oca con su nieta; las cuidadoras a las que Raquel rebautizaba a todas con el mismo nombre; los collages en los que recortaba su propia cara para pegarla sobre el cuerpo de Lady Di.
De ese material poroso —testimonio interesado, rencor ajeno, destellos supervivientes— se levanta un retrato que no busca absolver ni condenar. La pregunta que sostiene el libro es si la escritura puede darle forma a lo que la vida dejó informe: si una estructura bien hecha basta para alojar el daño heredado, el cuerpo que se parece al de la madre y la disculpa que nunca llegó. La respuesta llega en clave de humor negro, ternura incómoda y una lucidez que no se ahorra a sí misma.