Colección de ciencia ficción en la que el autor antecede cada relato con una nota personal sobre su origen: el encargo que lo motivó, el rechazo o la aceptación editorial, la cifra exacta del cheque. Dos piezas sostienen el volumen.
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Colección de ciencia ficción en la que el autor antecede cada relato con una nota personal sobre su origen: el encargo que lo motivó, el rechazo o la aceptación editorial, la cifra exacta del cheque. Dos piezas sostienen el volumen. En «Los ojos hacen algo más que ver», dos seres hechos de energía pura, después de billones de años sin cuerpo, intentan reconstruir en materia la figura que alguna vez tuvieron, y el ejercicio despierta un recuerdo que uno de ellos preferiría no haber tocado. En «Anochecer», los astrónomos de un mundo iluminado por seis soles calculan que la oscuridad llegará en cuatro horas y discuten con un periodista escéptico qué quedará de la civilización cuando aparezcan las estrellas.
El libro alterna dos registros que se iluminan mutuamente: el del narrador de ficción y el del profesional que explica, sin solemnidad, cómo se fabrica una carrera literaria. Las presentaciones que abren cada relato no son prólogos de circunstancia, sino crónicas breves de negociación, orgullo y contrariedad: una revista pide un cuento a partir de una fotografía de una cabeza de arcilla y luego lo devuelve; el autor comprueba que la pieza rechazada acaba publicada antes y reimpresa más veces que las que sí fueron aceptadas. Otra nota reconstruye el momento en que un editor pagó un cuarto de centavo más por palabra de lo pactado, no por error sino por convicción, y con ello cambió el rumbo de quien escribía. El tono es franco hasta la autoparodia: quien habla admite que formalmente no sabe escribir, que trabaja con moldes tradicionales y que le irrita que su mejor cuento siga siendo, décadas después, el mismo de siempre.
«Los ojos hacen algo más que ver» ocurre en un tiempo sin escala humana. Ames y Brock son patrones de fuerza extendidos entre galaxias, participantes de un certamen artístico que lleva doscientos billones de años agotando las variaciones posibles de la energía. Ames propone lo impensable: componer con materia, y más aún, modelar en materia una réplica de lo que ellos fueron. Sobre una forma ovoide van apareciendo, nombradas antes que reconocidas, la cabeza, la nariz, los ojos, la boca. La reconstrucción avanza como una excavación de la memoria, hasta que se topa con algo que la vuelve insoportable: no la anatomía, sino lo que esa anatomía hacía. El relato cierra con un gesto mínimo y devastador que devuelve al objeto inerte una capacidad que sus creadores han perdido.
«Anochecer» transcurre en Lagash, un planeta bañado permanentemente por seis soles, donde la noche no forma parte de la experiencia ni del vocabulario. En el Observatorio de la Universidad de Saro, el director Aton 77 recibe a regañadientes a Theremon 762, el columnista que durante dos meses ha ridiculizado sus advertencias, y le concede asistir al desenlace. Mientras un psicólogo obeso y locuaz le traduce la ciencia del asunto —el carácter cíclico de nueve civilizaciones arrasadas por el fuego, la ley de gravitación que no cuadra con la órbita observada, el satélite invisible que eclipsará al único sol que queda—, el edificio se convierte en un pequeño laboratorio de miedo. Fuera hay un Refugio con trescientas personas y los archivos que deberán sobrevivir; dentro, una partida de ajedrez a seis, una botella escondida y una discusión sobre si la mitología de los Cultistas era, después de todo, un informe fiel. El texto se detiene justo cuando alguien corre una cortina roja para averiguar qué se siente en la oscuridad.
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