Las reinas del mar es un libro de memorias noveladas escrito desde la cubierta de un transatlántico. Su narrador, escritor y viajero incansable, evoca la vida entera a partir de los barcos que la atravesaron: el Queen Mary, el Andrea…
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Las reinas del mar es un libro de memorias noveladas escrito desde la cubierta de un transatlántico. Su narrador, escritor y viajero incansable, evoca la vida entera a partir de los barcos que la atravesaron: el Queen Mary, el Andrea Doria, el France, el Cabo San Vicente y tantos otros. El hallazgo casual del diario de bitácora de un viejo comodoro de la Marina mercante enciende el relato y lo empuja hacia la memoria de la infancia gaditana, los años coloniales en Darjeeling, los oficios humildes de la periferia literaria y el amor de Sarah, presencia luminosa y ausente que gobierna todo el trayecto.
Una mañana de mar en calma, a la altura de Ponta Delgada, un hombre despierta en el camarote de un transatlántico y encuentra vacía la mitad de la cama. Sarah se maquilla frente al tocador, el aire huele a rosas con un fondo de incienso, y en la mesilla espera un manuscrito encuadernado en piel: el diario de bitácora de un tío de ella, capitán mercante desde 1910, testigo del rescate de los náufragos del Titanic y de medio siglo de historia naval. Ese cuaderno, hallado por azar en un desván de la India, es la chispa del libro que el narrador se dispone a escribir sobre las «reinas del mar».
A partir de ahí, la travesía se vuelve doble. Por fuera avanza el barco, con sus partes meteorológicos, sus salones, su biblioteca, su mesa del capitán, sus bodegas y sus escalas; por dentro avanza una vida contada sin cronología, a golpe de perfume y de puerto. El relato regresa a la infancia en un Cádiz de balcones, murallas y piedra ostionera; a la galería soleada donde un niño leyó a Salgari, Verne, Stevenson y London y donde aprendió a colarse en los estantes altos de la biblioteca paterna; al encuentro con Kazantzakis en Antibes a los doce años, cuando entendió que hay poetas condenados a no volver nunca a su isla.
Esa es la clave del libro y su declaración de principios: Ítaca no es un destino sino una amenaza, la tribu y la costumbre de las que conviene huir. El narrador reivindica el camino sobre la llegada, la libertad sobre la herencia, y desgrana los oficios y escenarios que le permitieron sostenerla: profesor de culturas perdidas, corrector tipográfico, maquetista, director de revistas precarias, extra de cine, galán de fotonovelas, cantante de bares y de barcos, viajero por África, México, el Caribe, Oriente y los paralelos fríos del sur.
Sobre todo, es un libro de amor y de duelo. Sarah aparece en cada página con muchos nombres —Marita, Tatiana, Soraya— porque el narrador siempre la disfrazó de personaje, y el viaje que ahora emprende es el de quien navega sin su voz hacia una isla lejana donde tienen cita. La erudición marinera convive con la nostalgia doméstica, el humor libresco con la elegía, y el resultado es una memoria escrita a sabiendas de que quizá sea la última: unas páginas que el propio autor sospecha que son tanto de recuerdos como de presentimientos.
Escrito en una prosa sensorial, digresiva y culta, salpicada de anécdotas literarias, hallazgos de biblioteca y precisiones técnicas sobre cascos, chimeneas y verandas, Las reinas del mar interesará a quien disfrute de los libros de viaje con densidad literaria, de la crónica sentimental de la gran época de los transatlánticos y de las memorias que eligen la fábula antes que el inventario.
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