Un pacifista arruinado de Nueva York recibe la visita de un elegante desconocido que lo confunde con un terrorista y lo invita a una cumbre de organizaciones violentas. Comedia satírica sobre activismo, paranoia y burocracia policial.
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Un pacifista arruinado de Nueva York recibe la visita de un elegante desconocido que lo confunde con un terrorista y lo invita a una cumbre de organizaciones violentas. Comedia satírica sobre activismo, paranoia y burocracia policial.
J. Eugene Raxford preside la Unión para la Independencia de los Ciudadanos, un grupo pacifista que en 1952 llegó a contar con mil cuatrocientos militantes entusiastas y que hoy, tras deserciones, cismas doctrinales y el desgaste de años de vigilancia federal, se ha reducido a diecisiete miembros, doce de ellos inactivos. Raxford vive en un apartamento destartalado del bajo Manhattan, subsiste con trescientos doce dólares al año, pelea con un mimeógrafo que escupe folios en blanco y convive con la certeza de que los micrófonos ocultos en sus interruptores, su nevera y su cisterna llevan meses averiados —salvo el teléfono, claro—. Su rutina consiste en redactar panfletos que nadie lee, poner café para los agentes que van a interrogarlo y digresionar sin remedio sobre cualquier cosa que se le cruce.
Esa monotonía se rompe cuando llama a su puerta Mortimer Eustaly, importador y exportador de curiosidades según una tarjeta sin dirección ni teléfono, hombre de abrigo entallado con cuello de terciopelo, rubí en el dedo y sonrisa vagamente diabólica. Eustaly recita una lista de organizaciones —milicias patrióticas, comisiones fascistas, partidos proletarios, fondos confesionales, sociedades panárabes, madres por la paz— y sostiene que todas comparten un mismo método: bombas, incendios, destrucción. Incluye la Unión de Raxford entre ellas y le propone lo evidente: coordinadas, esas once organizaciones causarían muchísimo más estrago que actuando por separado. La cita es a medianoche en un salón de Broadway; la contraseña, manga verde.
Raxford niega, exhibe su panfleto, insiste en que dirige un grupo de objetores de conciencia, y cuanto más se desmiente más convencido queda su visitante de estar ante un conspirador prudente. La ironía se duplica cuando aparecen dos agentes federales intercambiables que tampoco lo creen: para ellos, la ausencia total de conversaciones grabadas solo puede explicarse porque los sospechosos se comunican en lenguaje de signos. La única que toma el asunto en serio es Angela Ten Eyck, hija rebelde de un fabricante de armamento, hermosa, adinerada, escrupulosamente limpia y —según su propio novio— desprovista de cualquier pensamiento, que lo acusa del único pecado mortal admitido en su círculo: la desresponsabilización.
Narrada en primera persona por un protagonista digresivo, aficionado a los paréntesis dentro de paréntesis y a las notas al pie de sus propias notas, la obra despliega una comedia de equívocos donde nadie escucha a nadie y todos leen en los demás lo que ya habían decidido encontrar. El humor nace del contraste entre la retórica grandilocuente de la conspiración y la miseria doméstica del conspirador involuntario, entre el aparato de vigilancia estatal y su sordera fundamental. Bajo la sátira late una pregunta incómoda: qué obligación tiene un hombre sin recursos ni credibilidad cuando es el único que sabe lo que se está tramando, y a quién puede contárselo cuando su historial lo ha vuelto inaudible.
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