Primavera de 1917. En una torre frente al mar, la familia Panadella espera un parto que se complica más de lo previsto. Del grito de Nina nace un hijo varón, y con él la certeza de una continuidad: la fábrica, el apellido, el orden…
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Primavera de 1917. En una torre frente al mar, la familia Panadella espera un parto que se complica más de lo previsto. Del grito de Nina nace un hijo varón, y con él la certeza de una continuidad: la fábrica, el apellido, el orden heredado. Mientras Europa arde y Rusia derriba a sus zares, Antoni Panadella contempla el mar desde su terraza y descubre que ninguna fortuna lo protege de sus propios fantasmas.
Hace más de cuatro horas que Nina ha roto aguas y la criatura se resiste a nacer. La comadrona y su ayudante llevan dos días instaladas en la torre de la costa; el chófer ha salido a buscar al médico y no vuelve; y Antoni Panadella, dueño de una fábrica de tejidos y de casi todo lo que alcanza a ver desde su balcón, deambula por los pasillos incapaz de entrar en la habitación de su mujer. Es la primavera de 1917, y en esa espera cabe entero el retrato de una familia: la doncella que rompe una vitrina y recibe la crueldad de la señora, la suegra viuda que gobierna con astucia lo que ya no posee por herencia, y el marido que sabe que las mujeres jóvenes mueren de parto, aunque se repite que eso les ocurre a otras.
El niño nace rubio y sano, y con él llegan la misa de acción de gracias, el ama de cría traída del pueblo, los tíos que viajan desde Provenza y una celebración organizada al milímetro por la abuela. Alrededor, el mundo se mueve más deprisa que la casa: la guerra que estalló en Sarajevo cumple tres años, el zar Nicolás II abdica y se apaga la dinastía Romanov, y en la fábrica los obreros empiezan a escuchar a la CNT mientras el contable de mano de hierro los mantiene a raya. Antoni lee los periódicos y desconfía: la neutralidad española que hoy engorda su negocio le parece una deuda aplazada.
Y entonces miente. Una mentira pequeña, se dice, que no hace daño a nadie: dos días de ausencia que no lo llevan al hotel junto a la fábrica, sino a la masía, a los olores del campo, a la yegua que lo entiende mejor que las palabras, a unos masoveros cuya vida sencilla le devuelve, como un espejo incómodo, la distancia insalvable que lo separa de ellos. Entre el mar en calma y las tormentas que revientan sobre la casa, entre Keats y la sospecha de que la justicia solo sea un espejismo dentro del caos, esta novela abre la crónica de una saga catalana en el momento exacto en que su heredero llega al mundo y su patriarca empieza a intuir que el privilegio no cura el vacío.
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