En el París de los bolsilibros de suspense, Jean-Marc Barroux fotografía cuerpos por oficio y Paulette Serrault se los presta por dinero. Una tarde de campo, una copa de despedida y una promesa para el día siguiente bastan para que la…
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En el París de los bolsilibros de suspense, Jean-Marc Barroux fotografía cuerpos por oficio y Paulette Serrault se los presta por dinero. Una tarde de campo, una copa de despedida y una promesa para el día siguiente bastan para que la rutina se rompa: alguien entra en el apartamento de la modelo mientras ella se ducha y deja allí un arma viva. Cuando el fotógrafo cumple su cita, encuentra un cadáver y el comisario Reynaud una escena que nadie sabe leer.
La novela arranca con una despedida en un portal. Jean-Marc Barroux, veintiocho años y una carrera de fotógrafo profesional hecha a base de sesiones con modelos, deja a Paulette Serrault frente a su edificio después de una jornada de trabajo en el campo, a treinta kilómetros de París. Ella insiste en que suba; él acepta una copa y poco más. La conversación que sigue —afectuosa, tirante, con reproches medidos sobre lo que él le da y lo que le niega— termina en una promesa: mañana volveré y me quedaré. Es la última vez que Jean-Marc la ve viva, y el narrador lo anuncia sin ceremonias, a la manera del género.
Lo que ocurre después está construido con una crueldad casi de laboratorio. Paulette se ducha, cree oír un ruido, se convence de que es su amante que ha vuelto a darle una sorpresa, y sale del baño tarareando. La sorpresa es un pañuelo con cloroformo y unas manos que no reconoce. Despierta atada de pies y manos a su propia cama, amordazada con cinta adhesiva, sin poder gritar ni moverse, repasando mentalmente el catálogo de lo que un desconocido podría querer de ella. La respuesta que la novela le reserva no está en ninguna de sus hipótesis: el agresor no vuelve. Lo que sube a la cama es una tarántula, y el resto del capítulo es un ejercicio sostenido de tensión en el que la víctima descubre que su única defensa —quedarse inmóvil— es también una forma de tortura.
En paralelo, el relato desplaza la cámara al estudio del fotógrafo, donde una desconocida lo espera en el portal. Catherine Aumont, veintitrés años, aspirante a modelo, se ofrece a hacer una prueba gratis y descubre que posar tiene menos que ver con el cuerpo que con los nervios. La sesión —donde Jean-Marc alterna halagos profesionales, mentiras piadosas y una prudencia que ella interpreta como desprecio— termina en un portazo. Es el contrapunto ligero, casi de comedia de caracteres, que el autor intercala entre las escenas del apartamento, y la técnica funciona: cada vuelta a la cama de Paulette llega precedida de una tregua.
Al día siguiente, Jean-Marc cumple su promesa. Nadie abre; la puerta cede; las luces están encendidas. El hallazgo del cuerpo, cubierto de decenas de picaduras, revela que el crimen no fue solo un asesinato sino un método: alguien eligió deliberadamente un animal capaz de ensañarse durante horas, y lo hizo para que la muerte llegara después del miedo. La entrada del comisario Marcel Reynaud —treinta y ocho años, robusto, de mirada atenta— abre la segunda mitad del libro con el interrogatorio de rigor al último hombre que vio viva a la víctima: quién era ella, con quién se acostaba, por qué él no se quedó esa noche.
La obra pertenece de lleno a la novela popular de quiosco: capítulos breves, frases cortas dispuestas casi como versos, un narrador que anticipa la desgracia para tensar la espera, y un París de estudios fotográficos, coches concretos y apartamentos numerados que sirve más de escenario que de retrato. Combina el erotismo explícito propio de la colección con un terror de mecanismo —el enemigo no es un hombre armado sino un bicho paciente— y con la estructura de la investigación policial. Aviso de contenido: incluye descripciones sexuales explícitas, así como escenas de secuestro, inmovilización y violencia contra una mujer.
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