Un pintor sin dinero y con un solo cuadro que lo avala descubre que su modelo está prometida, contra su voluntad, al heredero de una familia marcada por la locura.
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Un pintor sin dinero y con un solo cuadro que lo avala descubre que su modelo está prometida, contra su voluntad, al heredero de una familia marcada por la locura. Cuando una desconocida ocupa por una noche la cama equivocada, la amenaza deja de ser un rumor y se convierte en unas manos enguantadas apretando una media de nailon. Novela breve de suspense gótico ambientada en una pequeña ciudad del sur de Inglaterra, entre buhardillas con buena luz, un cementerio con mausoleo propio y un caserón severo en lo alto de la colina.
Harry Ritter se ha dado un año de plazo. Dejó la casa familiar diciendo que era artista y que triunfaría sin ayuda de nadie, y ahora vive en la peor buhardilla del peor barrio de una pequeña ciudad del sur de Inglaterra, con cuarenta libras contadas, una carta que le exige pagar por adelantado para exponer y un lienzo del que no duda: el desnudo de Natalie, su modelo, morena de piel y muy rubia de cabello, con un lunar en mitad del muslo derecho.
Una tarde de nubarrones, el mal humor lo lleva a pasear cerca del cementerio y allí presencia una escena difícil de olvidar: un hombre alto, vestido enteramente de negro, obliga a una muchacha a arrodillarse ante el mausoleo de los Bannard y a jurar sumisión a sus muertos. La muchacha es Natalie. El hombre se llama Jack Bannard, dice que van a casarse el uno de diciembre y anuncia que, desde ese día, ella vestirá de luto riguroso para siempre. La escena se disuelve gracias a una voz suave, dulce y persuasiva: la de la madrastra de Jack, una mujer de negro y rostro tan blanco que parece no quedarle una gota de sangre.
Esa misma noche, la madrastra sube a la buhardilla para contar lo que nadie ha contado: Jack pasó años internado y hace apenas cinco meses que le dieron el alta como inofensivo, un diagnóstico que ella no comparte; sus hermanos menores, Mike y Margaret, también tienen la mente trastornada y disfrutan provocándolo. Natalie decide huir a Londres en el primer tren. Pero antes de irse hace un favor pequeño y generoso: cede su habitación a Donna Dee, una joven rubia a la que la casera acaba de poner en la calle. Donna duerme en la cama de Natalie, y en la oscuridad ve flotar sus propias medias de nailon sostenidas por unas manos enguantadas.
El ataque fracasa por un motivo que lo explica todo: el agresor buscaba a otra. En la huida, un pañuelo que se desliza revela un rostro que la casera reconoce en voz alta, un error que casi le cuesta la vida y que la condena al silencio. El inspector Merrill no consigue avanzar: nadie quiere hablar. Natalie toma su tren, Harry se queda con una certeza incómoda y sin modelo, y Donna acaba posando para él con un chal de colores sobre los hombros, mirando de reojo el desnudo de la mujer a la que empieza a envidiar.
Entonces suena el teléfono. Un supuesto mayordomo llama desde el caserón de los Bannard en nombre de una tal señora Pebbers, que quiere ser retratada. Harry acepta por dos razones: necesita el dinero y no soporta la incertidumbre. En la casa de la colina descubre que allí no hay ningún mayordomo, que la señora Pebbers —administradora de los bienes de la familia, alta, de belleza fría e ilegible— jamás lo ha llamado, y que alguien ha querido meterlo dentro de esas paredes.
La novela avanza con los recursos clásicos del relato de terror popular: una amenaza que se anuncia antes de actuar, una víctima elegida por error, un pueblo pequeño donde todos se conocen y callan, y una casa donde la cordura de cada habitante es una pregunta abierta. El pulso está en la sospecha compartida —¿es Jack Bannard el estrangulador o el chivo expiatorio perfecto?— y en la sensación, sostenida capítulo a capítulo, de que la puerta que Harry acaba de cruzar no se abrió sola.
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