Un trozo de metralla lleva treinta años inmóvil junto al corazón de Frank Harold, un hombre que hizo fortuna casándose con una heredera y que ahora busca sosiego en el caserón de su infancia.
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Un trozo de metralla lleva treinta años inmóvil junto al corazón de Frank Harold, un hombre que hizo fortuna casándose con una heredera y que ahora busca sosiego en el caserón de su infancia. Una tarde cualquiera, una pesadilla atroz le muestra su propia muerte a manos de un cirujano llamado Jonathan Grassle. Horas después, un desconocido llama a su puerta para pedir la mano de su sobrina: se llama Jonathan Grassle y es especialista en operaciones del corazón.
Frank Harold ha aprendido a convivir con la amenaza que lleva dentro. La esquirla alojada cerca de su arteria coronaria no se ha movido en tres décadas, y él ha terminado por olvidar que su vida pende de un hilo. Viudo de una esposa muy rica que lo dejó como heredero universal, dueño ahora de una fortuna que nunca fue suya, ha vuelto al caserón junto a la carretera de Higgurs, donde transcurrió su infancia y donde nada ha cambiado: los mismos muebles, las mismas lámparas, el mismo bosque susurrando al otro lado de las ventanas.
Allí lo alcanza el sueño. En él, la metralla se desplaza, el diagnóstico es inapelable y sólo unas manos en el mundo pueden salvarlo: las del eminente doctor Jonathan Grassle. Sobre la mesa del quirófano, con la mascarilla ya puesta y los miembros inmovilizados, Frank descubre que el cirujano se ha quedado a solas con él, que no piensa dormirlo y que la operación será, en realidad, una ejecución minuciosa y celebrada con una risa que hiela la sangre. Despierta gritando, empapado, ante su viejo sirviente y la hija de éste. Sólo ha sido una pesadilla. Un coñac, una ventana abierta al frío, la certeza tranquilizadora de que la metralla sigue quieta.
Esa misma tarde llega su sobrina Stefanie, puntual como siempre, acompañada de un pretendiente al que no sabe cómo quitarse de encima: un hombre nervioso, de facciones angulosas, que exige casarse con ella pese a su compromiso con el primo Michael y que amenaza con ser capaz de cualquier disparate, incluso de matar. Al despedirse, dice su nombre y su oficio. Ambos coinciden, palabra por palabra, con los del verdugo del sueño.
A partir de ahí, el relato se ordena como un mecanismo de relojería en el que ninguna pieza es inocente. La herencia de la difunta impone una condición: cien mil libras para cada sobrino, pero sólo si se casan entre ellos. Stefanie, que no ama a Michael, busca ayuda en la consulta de un psiquiatra y acaba exponiendo el caso a un impostor encantador —Robin Scott, hermano del doctor y detective por afición— que se ofrece a instalarse en el caserón como amigo de la familia.
Novela negra de intriga clásica, construida sobre la sospecha de que una coincidencia demasiado perfecta rara vez es casual, y sobre un hombre que debe decidir si teme a un asesino o a su propia imaginación. Con humor seco, diálogo ágil y un terror físico que no se ahorra detalles, plantea la pregunta que sostiene toda la trama: ¿quién se beneficia de que Frank Harold muera en la mesa de operaciones?
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