En la Alemania de 1939, una niña de nueve años llamada Liesel Meminger llega a una calle de las afueras de Múnich para vivir con unos padres de acogida, después de que su hermano muera en el tren que los llevaba hacia allí.
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En la Alemania de 1939, una niña de nueve años llamada Liesel Meminger llega a una calle de las afueras de Múnich para vivir con unos padres de acogida, después de que su hermano muera en el tren que los llevaba hacia allí. Del cementerio donde lo entierran se lleva su primer libro robado, aunque todavía no sabe leer. Quien cuenta su historia no es ella, sino la Muerte: una narradora irónica, agotada y sorprendentemente delicada, que se distrae mirando los colores del cielo para no mirar a los que se quedan atrás.
La novela se abre con una voz que se presenta sin cortesías y sin dramatismo: la Muerte, que trabaja sin descanso, que se toma sus vacaciones en incrementos de color y que confiesa una debilidad profesional inconveniente, la curiosidad por los vivos. Ha visto tres veces a la protagonista y recuerda cada encuentro por el color del cielo: un blanco cegador junto a una vía de tren, un negro de madrugada sobre un avión estrellado, un rojo espeso sobre una ciudad reducida a escombros. Entre esos tres momentos cabe toda una vida.
El relato retrocede entonces a enero de 1939. Liesel Meminger viaja con su madre y su hermano pequeño hacia Múnich, donde los dos niños van a ser entregados a una familia de acogida. El hermano no llega. Lo entierran en un pueblo sin nombre, bajo la nieve, ante un cura y dos sepultureros, y allí, en el suelo helado, Liesel encuentra un pequeño libro negro con letras plateadas que se le ha caído del abrigo a un aprendiz de catorce años. Es un manual técnico sobre cómo cavar tumbas, no puede leerlo y no le importa: se lo guarda entre la ropa de su maleta. Ese hurto involuntario inaugura una costumbre que la acompañará durante años y que acabará organizando su memoria como otros organizan la suya por casas o por estaciones.
Su nuevo hogar está en la calle Himmel, que significa Cielo y que no lo es en absoluto: bloques modestos y pegados unos a otros, hormigón, árboles pelados, aire gris. La esperan Rosa Hubermann, lavandera de manos duras, cocinera pésima y experta en un repertorio de insultos que reparte con puntualidad, y Hans Hubermann, pintor y acordeonista, un hombre al que casi nadie percibe y que resulta ser exactamente lo contrario de insignificante. La primera noche, en lugar de obligarla a bañarse, se sienta con ella en el suelo del baño y le enseña a liar cigarrillos. Con esa paciencia empieza a construirse la relación que sostendrá el libro.
A partir de ahí, la historia avanza por lo cotidiano: las pesadillas con la cara del hermano, las preguntas sin respuesta sobre una madre que se marchó y sobre un padre del que solo queda una palabra incomprensible y peligrosa, el aprendizaje tardío de las letras, la vida de calle con los otros niños, el rumor creciente del régimen. Habrá otros libros —robados, regalados, rescatados del fuego—, un joven judío escondido en el sótano que llega cargando su propio sufrimiento, sótanos convertidos en refugios y en aulas, y una guerra que se acerca hasta volverse doméstica. La narradora lo anticipa sin misterio, porque su interés no está en el desenlace sino en el trayecto: quiere entender cómo alguien sobrevive a ser dejado atrás una y otra vez.
El resultado es una novela sobre el poder material de las palabras —las que educan, las que consuelan y las que sirven para convencer a un país entero— construida sobre una paradoja narrativa que funciona: la voz que anuncia todas las muertes es también la que insiste, con obstinación, en que estas vidas humanas valían la pena. Escrita en fragmentos breves, con listas, definiciones y anuncios intercalados en el relato, alterna el humor seco con una ternura que nunca resulta blanda, y convierte una calle sin importancia de una ciudad alemana pequeña en el centro de todo.
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