Diciembre de 2001, Posadas: una joven vuelve de Buenos Aires para ayudar a su segundo padre a vaciar la caja de seguridad familiar antes de que el corralito se lo trague todo.
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Diciembre de 2001, Posadas: una joven vuelve de Buenos Aires para ayudar a su segundo padre a vaciar la caja de seguridad familiar antes de que el corralito se lo trague todo. Los fajos de dólares terminan pegados con cinta de embalar a su cintura, y ese trayecto de tres cuadras hasta el auto abre una indagación sobre lo que una familia de clase media provinciana guardó, temió y fantaseó durante años. Una crónica íntima sobre el dinero como lengua secreta de la vida doméstica.
Todo empieza en una sala refrigerada a diecisiete grados mientras afuera hacen treinta y tres. En la bóveda de un banco de Posadas —dos cajas de seguridad y una mesa de madera maciza que basta para llamarse bóveda—, un hombre de cincuenta y siete años cuenta fajos de cien dólares y relee títulos de propiedad como quien busca un ancla. A su lado, la hija de su mujer, recién bajada de un colectivo de doce horas desde Buenos Aires, disimula el entusiasmo que le da esta responsabilidad nueva. El plan es sencillo y absurdo: forrarle la cintura con cinta de embalar y pegarle encima ocho fajos en bolsitas transparentes, porque a una piba nadie le roba. Es diciembre de 2001 y el país acaba de inventar una palabra —corralito— cuyo diminutivo, observa la narradora, encierra toda una teoría sobre la seriedad infantil de los bancos.
De esa escena mínima —tres cuadras de plaza, calor misionero, un amigo de la familia que aparece a fumar y a no sorprenderse de nada— el relato se abre hacia atrás. La narradora reconstruye la economía afectiva de una casa donde el dinero nunca fue «de la familia» sino de los adultos, y donde cada par de zapatillas exigía una estrategia de convencimiento capaz de aplastar los pedidos de las hermanas. Están la madre, economista de carrera y empleada pública durante veinte años, para quien las cifras exactas son una forma de mala educación; el segundo padre, porteño trasplantado, dueño de una empresa de alquiler de maquinaria, que se aferra a los números como el montañista a la roca; Carla, la hermana mayor, indignada y lúcida; y Natalia, la hija de él, que en 1995 elige quedarse en Posadas y desordena para siempre el tándem de las dos hermanas.
Alrededor de ellos, una casa levantada por partes sobre un terreno heredado, con un ombú en el centro del patio y raíces que perforan los desagües; el Paraná al fondo, arrastrando muelles, ropa sin cuerpos y a veces canoeros ahogados; los ranchos entre la casa y la orilla donde la política nunca había entrado. La autora piensa el ahorro como una forma de vivir ya en otro tiempo, un modo de recortar la fantasía hasta volverla realizable, y descubre en las noches de insomnio de su adolescencia que soñaba con ladrones no por miedo a la violencia sino porque hacía falta un ladrón para que existiera una heroína.
Escrito con una prosa precisa, capaz de pasar del detalle físico —los dedos hinchados por la artrosis, el olor a Parliament, las franjas grises en las raíces del pelo— a la formulación de un pensamiento sin pedir permiso, el libro cruza la crónica de una crisis nacional con el inventario de una intimidad. Es también un retrato de la provincia como lugar desde donde se mira: la lentitud reptil de quienes desconfían de la velocidad, la tensión permanente entre pertenecer y querer irse, la sospecha de que la mirada pueblerina que uno se apura a perder era, en el fondo, un detector de mentiras.
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