Tres internos de un antiguo manicomio se fugan y siembran el terror con una matanza a hachazos en una joyería, dejando escrita en un espejo, con sangre, la declaración de que no están locos.
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Tres internos de un antiguo manicomio se fugan y siembran el terror con una matanza a hachazos en una joyería, dejando escrita en un espejo, con sangre, la declaración de que no están locos. A pocos kilómetros de allí, un castillo medio derruido cambia de dueño y recibe a un nuevo señor, a su servidumbre recién contratada y a una leyenda de fantasmas que quizá no sea solo leyenda. Novela breve de terror criminal donde la sospecha, el crimen y lo sobrenatural se persiguen entre la niebla.
La historia arranca con una fuga: tres hombres ingresados en un centro psiquiátrico —un marido, un padrastro y un hijo, cada uno con un hacha en su pasado— burlan la vigilancia y desaparecen. Poco después, un asalto a una joyería termina en una carnicería premeditada y en un mensaje escrito con sangre sobre un espejo, firmado con unas iniciales que equivalen a una confesión. La policía identifica a los responsables casi de inmediato; lo inquietante no es quiénes son, sino que quisieran ser reconocidos. Un único testigo, escondido tras una cortina de terciopelo, sobrevive con un recuerdo que lo perseguirá: la mirada del hombre de la metralleta.
El relato se traslada entonces a un paraje árido presidido por un castillo en ruinas, del que solo un ala permanece habitable. Su joven propietario, endeudado, quiere venderlo y contrata a un mayordomo y a una doncella para recibir con dignidad a los posibles compradores. Tony Carroll, que se presenta como escritor en busca de inspiración, y Karen, una muchacha del pueblo cercano que necesita el sueldo para cuidar de su tía, llegan el mismo día y consiguen el empleo. El comprador aparece enseguida: un lord viudo que dice buscar aislamiento y silencio tras la muerte de su esposa en un accidente de coche, y que se instala en la casa con su secretario y su chófer.
A partir de ahí la novela trabaja sobre dos tableros simultáneos. Uno es el de la superstición: la venta se cierra con una advertencia sobre Victoria Williamstton, antepasada condenada a la hoguera por infiel, cuyos gritos —aseguran— recorren el castillo en las noches de niebla; el retrato de la joven pelirroja vuelve a su lugar en la galería y ejerce sobre el nuevo señor una fascinación que él mismo no sabe explicar. El otro es el de la culpa concreta: el lector descubre pronto que el accidente que dejó viudo al comprador no fue tal, y que en la casa hay más de un hombre midiendo a los demás en silencio. Tony Carroll vigila a los tres recién llegados con una atención que no corresponde a un sirviente, y Karen, entre el enamoramiento y el recelo, empieza a notar que su compañero miente casi cada vez que habla de sí mismo.
La tensión se estrecha cuando la doncella es convocada al salón biblioteca por el secretario, que le ofrece dinero y promesas de riqueza a cambio de sus favores y no acepta un no por respuesta. Con la niebla como frontera entre lo que se ve y lo que se cree ver, la obra combina el gore directo de la novela popular de terror, el juego de identidades encubiertas del relato criminal y el decorado gótico clásico —el castillo, el retrato, la aparición, el medallón de plata que promete descanso a cambio de algo que nunca llega a decirse del todo—. La pregunta que sostiene la lectura no es solo quién está detrás de las máscaras, sino cuánto de lo sobrenatural es puesta en escena y cuánto es castigo.
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