En la Viena de la inmediata posguerra, partida en cuatro zonas de ocupación y sepultada bajo la nieve de febrero, aterriza Rollo Martins, un escritor de westerns baratos al que su amigo de siempre, Harry Lime, ha invitado con la promesa de…
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En la Viena de la inmediata posguerra, partida en cuatro zonas de ocupación y sepultada bajo la nieve de febrero, aterriza Rollo Martins, un escritor de westerns baratos al que su amigo de siempre, Harry Lime, ha invitado con la promesa de un trabajo y unos días de descanso. Llega tarde: lo único que alcanza de Lime es el entierro, en una fosa abierta a golpe de perforadora sobre tierra helada. Cuando un oficial de policía británico le informa de que el hombre al que admiró durante veinte años era el peor traficante del mercado negro de la ciudad, Martins se propone limpiar su nombre. La investigación que emprende, guiado más por la lealtad que por el criterio, lo empuja hacia una verdad que ni él ni la policía habían previsto.
El tercer hombre nació como un relato escrito para dejar de serlo: su autor lo concibió como paso previo a un guion, convencido de que ni el carácter ni la atmósfera de una película pueden fijarse directamente en la taquigrafía de un libreto. De esa doble condición viene su textura peculiar: la prosa lleva ya dentro la película: encuadres, silencios, calles vacías, y a la vez conserva la intimidad de una confesión escrita.
El escenario es una Viena que ha perdido su leyenda. La ciudad de los valses ha quedado reducida a escombros repartidos entre rusos, británicos, norteamericanos y franceses, con un centro internacional donde las cuatro potencias se turnan la responsabilidad del orden y una patrulla mixta cuyos miembros se comunican, cuando se comunican, en la lengua de sus antiguos enemigos. Los secuestros son rutina, el café es un sucedáneo y el parque de atracciones del Prater gira lentamente sobre un descampado de hierro oxidado. Sobre ese fondo, el relato se declara desde la primera página un cuento de hadas con una realidad muy sombría detrás.
A esa ciudad llega Rollo Martins el 7 de febrero, con cinco libras que no puede gastar y ninguna otra cosa. Firma novelas del Oeste con seudónimo, arrastra un historial de líos que prefiere llamar «incidentes» y no ha crecido del todo: su devoción por Harry Lime, el compañero de colegio que siempre tenía un plan y siempre dejaba que otro pagara las consecuencias, ha sobrevivido intacta a la edad adulta. Encuentra la casa de Lime vacía y un lazo negro en la puerta, y llega al cementerio a tiempo de ver caer las últimas paletadas de tierra. Junto a la tumba hay dos hombres, una joven que llora apartada y un coronel con impermeable.
Ese coronel, Calloway, es quien cuenta la historia, y su voz es la mitad del libro: la reconstruye a partir de sus propias fichas policiales y de lo que Martins le fue contando después, con la precisión escéptica de quien está acostumbrado a que los expedientes nunca se cierren del todo. Su primer encuentro con Martins termina a puñetazos, cuando le explica que Lime traficaba con algo bastante peor que gasolina o neumáticos. Martins responde con una promesa de aficionado: desenmascarará la estupidez policial y encontrará al verdadero culpable, como en sus folletines. La ironía del relato consiste en que casi lo consigue, aunque no en el sentido que él imaginaba.
Lo que sigue es un mecanismo de suspense armado con una economía admirable: un accidente de tráfico con demasiados testigos y demasiadas versiones, un cadáver que se resiste a quedarse quieto, una mujer que amó a Lime y unos papeles que no le pertenecen, y una confusión de identidades —un escritor de quiosco tomado por un novelista de prestigio— que empuja la trama hacia el humor negro. Debajo del entretenimiento late un tema incómodo y verdadero, inspirado en el tráfico de penicilina adulterada de aquellos años: la distancia enorme que puede existir entre un negocio abstracto y sus consecuencias, y la facilidad con que unos hombres corrientes deciden no pensar en ellas. La amistad, aquí, funciona igual: como una lealtad infantil que solo se rompe cuando alguien se obliga a mirar el resultado.
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