Lucas sale de prisión un lunes de noviembre con catorce meses a la espalda, una mochila y un plan: recuperar a Paula y desaparecer con el dinero escondido tras los azulejos del baño.
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Lucas sale de prisión un lunes de noviembre con catorce meses a la espalda, una mochila y un plan: recuperar a Paula y desaparecer con el dinero escondido tras los azulejos del baño. Pero nadie lo espera en la puerta, su hermano solo paga facturas y el barrio al que vuelve sigue siendo el mismo territorio de yonquis, deudas y silencios. Cuando don Ángel entra en el restaurante donde come, Lucas entiende que allí la libertad se cobra en plazos.
En mitad de la niebla, un hombre de chaquetón gris se lía un cigarro frente a unas montañas áridas y echa a andar sin mirar atrás: dicen que hacerlo trae mala suerte, que quien mira vuelve. Se llama Lucas, acaba de cumplir catorce meses por tráfico de drogas y todo lo que tiene cabe en una mochila y en un sueño recurrente: un tren larguísimo, dos bocadillos, dos cervezas y una mujer que lo espera leyendo.
El relato acompaña ese primer lunes de noviembre paso a paso. El autobús de línea donde una señora aprieta el bolso al verlo subir. La cabina reventada. El bar donde dos parroquianos le recuerdan que salir de la cárcel no es ninguna novedad en ese barrio. Paula, la mujer por la que quería empezar de cero, contesta al teléfono con otra voz masculina de fondo y zanja la conversación en tres frases. Su único hermano, instalado a dos horas y a dos años luz, ha pagado las facturas del piso heredado y no tiene nada más que decirle.
Lo que Lucas encuentra al volver es una periferia de fachadas ocres y farolas apedreadas donde conviven sin apenas roce carnicerías, restaurantes y fruterías de medio mundo, y donde algunos crímenes ni siquiera llegan a las estadísticas porque a nadie le conviene contarlos. En su piso siguen el manual de una pistola, dos discos de jazz que ella olvidó y, detrás de dos azulejos verdes del cuarto de baño, una caja de cartón con el trabajo de varios años: el precio de su libertad.
El plan es simple —coger el dinero, convencerla, marcharse lejos— y justo por eso empieza a agrietarse en cuanto pisa la calle. Tomás, «El Pinchos», el yonqui por el que se comió la condena, lo espera en el portal ofreciendo favores. Y en la mesa del fondo de un italiano de barrio aparece don Ángel: traje azul, guardaespaldas en la puerta y un agradecimiento que suena exactamente igual que un cobro.
Escrita en presente y con frase corta, esta novela negra alterna la crónica social de un arrabal olvidado con el retrato de un hombre que ha decidido cambiar justo cuando su pasado vuelve a reclamarlo.