Una novela campesina que se abre con un prólogo sobre el grabado del labrador de Holbein, donde la muerte azuza a los caballos en el surco, para oponerle enseguida otra imagen: la de un hombre joven arando con sus bueyes junto a su hijo…
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Una novela campesina que se abre con un prólogo sobre el grabado del labrador de Holbein, donde la muerte azuza a los caballos en el surco, para oponerle enseguida otra imagen: la de un hombre joven arando con sus bueyes junto a su hijo pequeño. De esa comparación nace la historia de Germain, viudo de casi treinta años y padre de tres criaturas, a quien su suegro convence de buscar una nueva esposa en una aldea lejana. Una obra sobre el trabajo, la belleza del campo y la dignidad de quienes lo labran.
El libro comienza sin ficción: un narrador comenta una estampa de Holbein en la que un labrador viejo y andrajoso empuja el arado mientras un esqueleto con látigo corre por el surco y azuza a los caballos. A partir de esa imagen y de la cuarteta en francés antiguo que la acompaña, se despliega un prólogo que discute el sentido del arte. La danza macabra consolaba prometiendo que la tumba iguala a ricos y pobres; el narrador rechaza ese consuelo y también la literatura contemporánea que retrata la miseria como amenaza, convencido de que el miedo no cura el egoísmo, sino que lo agranda. Frente a la muerte propone la vida, y frente al inventario de la abyección, una obra que enseñe a querer aquello que muestra: el arte como búsqueda de una verdad ideal más que como acta de la realidad.
La demostración llega enseguida, en el campo. Paseando junto a una tierra recién abierta, el narrador ve a un anciano de yunta serena y, más allá, a un labrador joven que gobierna ocho bueyes casi indómitos para roturar un terreno lleno de tocones, con un niño de seis o siete años, cubierto por una piel de cordero, picando los flancos de los animales. Sobre el esfuerzo flota una calma extraña, y el padre entona el canto de labranza, un recitativo irregular e intraducible que solo dominan los mejores labradores. Es la contrafigura exacta del grabado: energía en vez de agotamiento, un hijo en vez de un esqueleto. La escena abre una meditación sobre el campesino, heredero de una belleza que siente sin poder nombrar, a quien la servidumbre no le quitó el ensueño pero sí la reflexión.
De ahí surge el relato de Germain, viudo desde hace casi dos años, padre de tres hijos pequeños y todavía fiel al recuerdo de su mujer. Su suegro, cabeza de una familia laboriosa, le expone con franqueza contable por qué debe casarse otra vez: los niños están mal atendidos, la casa se ensancha y hará falta quien administre y quien herede. La candidata es una viuda de Fourche, con tierras y treinta y dos años, y el viaje queda fijado para el sábado siguiente, a caballo y con un regalo de caza. Germain acepta sin rebelarse y sin ganas. Antes de partir aparece una vecina pobre que pide un favor: que lleve consigo a su hija, obligada a colocarse de pastora en una granja lejana. Dos partidas, una por conveniencia y otra por necesidad, se cruzan en el mismo camino.
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