Un bibliófilo parisino confiesa su vicio: la «libricidad», esa avidez de papel impreso que lo lleva de los puestos del quai a las salas de subastas.
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Un bibliófilo parisino confiesa su vicio: la «libricidad», esa avidez de papel impreso que lo lleva de los puestos del quai a las salas de subastas. Una noche de tormenta, un anciano de levita verdosa irrumpe en su cuarto y lo arrastra a una compra ruinosa: volúmenes detestables, pujas que su propia voz lanza sin querer, la burla del gremio librero y el saqueo de su biblioteca. Charles Asselineau convierte la manía del coleccionista en un descenso infernal, narrado con humor seco y erudición de entendido.
Escrito en el París de mediados del siglo XIX, El infierno del bibliófilo es un relato breve que Charles Asselineau (1820-1874) compuso desde dentro de la pasión que retrata: crítico de arte, primer biógrafo y amigo leal de Baudelaire, fue también un coleccionista tenaz cuya biblioteca acabó dispersa en pública subasta.
El libro arranca como un examen de conciencia. ¿Puede una manía inocente merecer castigo? El narrador sostiene que sí: bajo la afición al libro anida, dice, el catálogo entero de los pecados —avidez, orgullo, avaricia, olvido del deber, desprecio del prójimo— y bautiza ese vicio con un neologismo, la libricidad, hermano fonético y moral de la lubricidad. Los primeros capítulos son un retrato de costumbres: el aficionado que husmea los lotes por la mañana y se esconde tras el cuello del abrigo por la tarde; el librero que lo trata como rival en la sala y como confidente en la trastienda; y esa fauna de los quais que colecciona folletos, gacetas y retazos sin valor con la certeza de que el tiempo los volverá inhallables.
La segunda mitad vira a la pesadilla. Tras una jornada aciaga, el narrador se acuesta bajo el temporal soñando con los parapetos del Sena, y despierta con un desconocido en su habitación: alto, seco, de sombrero inclinado y dedo engarfiado, que va tirando de sus libros con desdén. Sin explicaciones, ambos bajan al quai, y allí empieza la condena: comprar. Comprar lo pesado, lo invendible, lo que ningún entendido admitiría; encargar encuadernaciones suntuosas para la peor mercancía; y, en la sala de ventas, oír cómo la propia voz puja contra un demonio ventrílocuo hasta que una Manon Lescaut de 1797 alcanza cifras absurdas ante las carcajadas de todo el gremio, nombrado con apellidos reales. La deuda desemboca en lo único que el bibliófilo no puede perder, y la multitud desciende sobre su casa.
Asselineau organiza el descenso con guiños dantescos —círculos sucesivos, un lasciate ogni speranza, el descensus averni— y lo resuelve con un despertar que devuelve las cosas a su sitio sin devolver del todo la calma. Es a la vez sátira gremial, documento de la vida libresca parisina del XIX y confesión de un placer que el autor no piensa abandonar. La edición se acompaña de un prólogo y de dibujos a pluma de Baudelaire.
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