Los diarios que Dorothy Wordsworth escribió en Alfoxden (1798) y Grasmere (1800-1803) registran, día a día, la vida compartida con su hermano William: caminatas por el valle, siembras y remiendos, cartas esperadas, mendigos que llaman a la…
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Los diarios que Dorothy Wordsworth escribió en Alfoxden (1798) y Grasmere (1800-1803) registran, día a día, la vida compartida con su hermano William: caminatas por el valle, siembras y remiendos, cartas esperadas, mendigos que llaman a la puerta y una atención al paisaje que roza lo sobrenatural. Bajo esa aparente rutina late una escritura de una precisión asombrosa y de una discreción todavía más notable.
Dorothy Wordsworth (1771-1855) empezó a escribir un diario en mayo de 1800, sentada sobre una piedra a la orilla del lago, después de despedir a su hermano William y de llorar hasta que el corazón se le aligeró. La decisión fue explícita y casi contractual: llevaría un registro de aquellos días hasta que él regresara, y no contrariaría su propia resolución. De ese impulso nacen estas páginas, escritas primero en Alfoxden House, en Somerset, y sobre todo en Dove Cottage, en Grasmere, los dos lugares que dan nombre a los cuadernos.
Lo que se acumula en ellos es, en apariencia, lo mínimo: qué flores había en el bosque, quién trajo el carbón, cuántos lucios se pescaron en el lago, si llegó carta y de quién, si dolía la cabeza. Se planta saxífraga en un muro, se desgranan guisantes, se almidona la ropa de lino, se lee Macbeth o Sueño de una noche de verano en una tarde de lluvia. Y sin embargo, entre esas anotaciones domésticas irrumpen pasajes de una intensidad que desborda el género: un cordero que se acerca a inspeccionar a la mujer tendida bajo los pinos de Loughrigg, una garza debatiéndose en el agua hasta lograr el vuelo, las olas alrededor de un islote que parecen una danza de espíritus, un valle entero perfumado de tomillo silvestre. La naturaleza no es aquí decorado sino acontecimiento, y la prosa que la registra sostiene, sin proponérselo, buena parte de la sensibilidad que su hermano y sus amigos estaban convirtiendo en poesía.
A esa mirada se suma un retrato involuntario de la Inglaterra rural de fin de siglo. Por la puerta de la cabaña desfilan mendigos, hojalateros y niños descalzos con sombreros adornados de flores; una mujer llegada de Manchester que ha enterrado con sus manos a su marido y a tres hijos en la misma fosa; un vecino que anuncia que pronto solo habrá muy ricos y muy pobres porque la tierra se acumula en las mismas manos. Dorothy anota, da pan, escribe cartas de recomendación, y sigue caminando.
El marco emocional del libro lo forman dos sacudidas que el texto nunca nombra directamente. Antes, el amor de Samuel Taylor Coleridge, no correspondido pero transformado en una amistad ansiosa por la salud quebrada y el ánimo declinante de un hombre que escribía sus mejores poemas mientras el opio le erosionaba la mente. Después, el matrimonio de William con Mary Hutchinson en 1802, que no rompió la convivencia pero sí aquella cercanía sin intermediarios, y tras el cual Dorothy fue apagando su propia vocación literaria hasta renunciar por carta a publicar sus versos. Ninguna de las dos cosas se confiesa: se filtra en dolores de cabeza repentinos, en ráfagas de melancolía junto al lago, en una hipersensibilidad ante cada noticia que llega por correo.
Esa contención es, precisamente, lo que vuelve el libro tan singular. Frente a la escritura privada entendida como desahogo, estos cuadernos practican una reserva casi ascética, y el lector queda con la tarea de decidir si responde a una disciplina impuesta sobre la propia conciencia o al deber de pasar por el mundo sin ocasionar molestias. Lo que no admite duda es el resultado: una prosa de una solvencia extraordinaria, escrita por una mujer cuya tarea principal era el cuidado de otro, y cuyo talento pide a gritos el margen de libertad que su época le negó.
La edición incluye una nota introductoria de Gonzalo Torné y se apoya en la edición crítica de Pamela Woolf (Oxford University Press, 1991), con notas sobre las personas, poemas y lugares que Dorothy menciona.
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