Diario de un maestro peruano que anota, día a día, las preguntas que su oficio no deja cerrar. Entre abril y mayo, el director de un colegio de Barranco alterna escenas de aula —un robo, una burla, un castigo que no quería imponer— con…
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Diario de un maestro peruano que anota, día a día, las preguntas que su oficio no deja cerrar. Entre abril y mayo, el director de un colegio de Barranco alterna escenas de aula —un robo, una burla, un castigo que no quería imponer— con lecturas de filósofos y pedagogos y con la vida doméstica de un padre de hijos pequeños. El resultado es un testimonio en voz baja sobre el afecto, el cuerpo y la autoridad en la escuela, escrito por alguien que desconfía de las respuestas disponibles.
El libro avanza como un cuaderno fechado: entradas de abril y mayo en las que un maestro y director de colegio, en Barranco, escribe lo que le ocurre y lo que no logra resolver. No hay tesis ni programa; hay una sucesión de escenas breves —un alumno que roba un celular y sostiene que todos roban, un grupo que persigue a un compañero por la forma de su nariz, un chico que se sienta en la carpeta con el cuerpo presente y el ánimo en otra parte— y, junto a ellas, la pregunta que el autor no deja de rondar: qué se transmite realmente cuando se educa.
Su hipótesis, nunca formulada como doctrina, es que lo decisivo pasa por el cuerpo. El tono de voz, la respiración, un gesto para pedir silencio, la impaciencia que el rostro no sabe esconder: ahí, sostiene, los alumnos leen si el afecto es verdadero. De esa convicción se desprenden las páginas más incómodas del diario, en las que examina sin coartadas la sexualidad del oficio, la prohibición que él mismo debe encarnar ante los juegos de unos niños de nueve años, y un episodio nocturno en un hotel de Cajamarca que lo obliga a mirar de frente el funcionamiento de su propia represión.
Otras entradas se abren hacia afuera. Discute si la escuela pública debe ser la escuela de los pobres o el lugar donde un país aprende a convivir; se pregunta cómo tratar el hecho religioso sin convertirlo en deber; propone que la adolescencia no le ocurre solo al hijo, sino también al padre que teme su nuevo tamaño y su nuevo olor. Vuelve una y otra vez al castigo, palabra que hoy incomoda y que sin embargo reaparece cada día; a la pereza y al placer postergado del esfuerzo; a la edad del propio maestro y al momento en que podría apagarse el interés por los alumnos.
Filósofos, pedagogos y psicoanalistas entran y salen del texto como interlocutores de una conversación privada, nunca como autoridad que zanje la discusión. La vida doméstica —una hija que aún no dice su nombre pero ya reclama lo suyo, un hijo que rechaza los brazos del padre apenas llega la madre— se cuela entre las notas escolares y las ilumina. Un prólogo abre el volumen leyéndolo como el testimonio de una vocación que fue madurando a la vista de todos. Lo que queda es el retrato de un oficio ejercido sin método y con vigilancia constante, y la constancia de un hombre que prefiere la duda honesta a la certeza cómoda.
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