Un cronista sube a los taxis de la ciudad y convierte cada trayecto en un relato. Con la hora exacta como encabezado, «Diario de un taxista» reúne confesiones de conductores que hablan de deseo, culpa, estafas nocturnas, encuentros…
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Un cronista sube a los taxis de la ciudad y convierte cada trayecto en un relato. Con la hora exacta como encabezado, «Diario de un taxista» reúne confesiones de conductores que hablan de deseo, culpa, estafas nocturnas, encuentros absurdos y coincidencias imposibles. Entre la crónica urbana y el testimonio en primera persona, el libro retrata a quienes pasan la vida al volante y ven pasar, en el asiento trasero, una versión sin filtro de la condición humana.
La premisa es simple y eficaz: alguien levanta el brazo, elige un taxi y hace siempre la misma pregunta —«¿cómo estuvo el día?»—. Lo que sigue es una confesión. El narrador cede entonces la voz al conductor y transcribe su historia en primera persona, encabezada por la hora en que fue contada, porque el autor sostiene que la hora importa: los relatos nocturnos salen más hondos que los del mediodía.
De ese método nace una galería de episodios que van del melodrama al humor negro. Un hombre joven confiesa la tentación que lo llevó a destruir su matrimonio y explica por qué hoy conduce sin más motivación que la costumbre. Otro recuerda la noche en que dos pasajeras encantadoras lo dejaron en calzoncillos, sin carro y con una identidad usurpada que terminó llevándolo a la cárcel. Hay un servicio de rutina que revela, en el semáforo, que los pasajeros del asiento trasero se han transformado en otras personas. Hay una persecución de película entre dos autos, con amenazas, un tacón como arma y un desenlace que desarma todas las suposiciones del conductor. Hay un cirujano que cobra sus operaciones en especie hasta que el destino le pasa la factura en un tramo oscuro de carretera. Y hay una pasajera que anuncia accidentes, pinchazos y apellidos que nadie le ha dicho.
El conjunto funciona como un mosaico de la noche urbana latinoamericana: sexo, engaño, superstición, violencia doméstica, picaresca y una moral recurrente según la cual todo se paga. El tono es coloquial y directo, cargado de modismos y de comentarios al margen del propio taxista, con humor incluso en los tramos más ásperos. El taxi aparece como un confesionario rodante, un espacio donde el anonimato del volante habilita lo que no se dice en ningún otro lugar.
Más allá de la anécdota, el libro insiste en una idea: el hombre que parecía no hacer nada más que trasladar gente carga una vida entera, y la escucha —no el trayecto— es lo que la vuelve visible.
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