Un joven fiscal destinado a un distrito rural del Egipto de los años treinta anota en su diario las noches en vela, los sumarios interminables y los pueblos donde nadie declara lo que sabe.
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Un joven fiscal destinado a un distrito rural del Egipto de los años treinta anota en su diario las noches en vela, los sumarios interminables y los pueblos donde nadie declara lo que sabe. Entre un disparo sin autor conocido, jueces indolentes y aldeanos que desconfían de la ley, su cuaderno se convierte en el único lugar donde puede decir la verdad. Un retrato del campo egipcio escrito con humor seco, compasión y una ironía que corta.
Todo empieza con un aviso telefónico en mitad de la noche: alguien ha disparado contra un hombre que cruzaba un puente entre cañaverales, la víctima no puede hablar y nadie ha visto nada. El fiscal encargado del distrito se levanta con la garganta inflamada, monta en un coche destartalado, cruza un canal en almadía y llega al lugar del suceso a caballo, medio dormido, para dictar a su secretario la descripción minuciosa de una herida, de unos zaragüelles y de un tatuaje, sabiendo de antemano que el atestado será impecable y el crimen quedará impune.
De esa primera noche nace un cuaderno que su autor jura no publicar nunca. Es su única ventana: el sitio donde puede hablar del delito, de sí mismo y de todo lo que ve sin la coraza del cargo. Página a página desfila el microcosmos de la aldea egipcia —alcaldes que sirven café dudoso, delegados que reparten insultos y cogotazos, guardias que juran por sus muertos, testigos que se contradicen sin motivo aparente— y también el otro lado de la balanza: hospitales, exhumaciones, autopsias, un envenenamiento, la medicina de aldea que cuesta vidas. El narrador oscila entre la carcajada y el espanto, entre el sainete y la denuncia, sin subrayar nunca la lección.
Dos presencias enigmáticas atraviesan el libro y le dan su temblor: una mujer de belleza inexplicable, que enreda el sumario con algo parecido al deseo, y un vagabundo que canta de noche por los caminos, sigue a la fiscalía como un perro fiel y suelta sentencias que nadie sabe si son locura o clarividencia. Ninguno de los dos se explica del todo, y esa opacidad sostiene la trama policial que hilvana los episodios.
Lo que sostiene la obra no es el enigma sino la mirada: la de un hombre de ciudad arrojado a un mundo elemental, que siente a la vez el roce áspero del primitivismo y la punzada de la injusticia. Escrita en una lengua nerviosa y exacta, con metáforas de una modernidad sorprendente y estilizaciones del habla popular que alcanzan el tono del lamento fúnebre, es una novela donde el ácido y el azúcar se equilibran hasta volverse arte. La edición incluye el extenso prólogo de su traductor, un ensayo memorable sobre la comunicabilidad de las literaturas y sobre el lugar de este libro en la narrativa egipcia contemporánea.
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