Charles Pooter, oficinista de la City, se muda con su esposa Carrie a una casita de Holloway y decide llevar un diario porque no ve razón para que la vida de un don nadie resulte menos interesante que la de cualquier otro.
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Charles Pooter, oficinista de la City, se muda con su esposa Carrie a una casita de Holloway y decide llevar un diario porque no ve razón para que la vida de un don nadie resulte menos interesante que la de cualquier otro. Lo que anota son tenderos impertinentes, un limpiabarros con el que tropieza todo el mundo, amigos que aparecen sin avisar y chistes que solo le hacen gracia a él. Bajo esa contabilidad menuda late una comedia doméstica sobre la dignidad de quien se toma muy en serio a sí mismo.
Recién instalados en Los Laureles, una vivienda de seis habitaciones en Brickfield Terrace cuyo jardín trasero llega hasta las vías del tren, Charles Pooter abre un cuaderno y empieza a registrar su vida con la escrupulosidad de quien lleva veinte años cuadrando libros en una oficina de la City. La premisa que él mismo enuncia es desarmante: ha leído memorias de gente de la que jamás oyó hablar, y no entiende por qué el hecho de no ser «alguien» debería restar interés a su diario.
Lo que sigue es un inventario de contrariedades diminutas. Los tenderos del barrio se disputan sus encargos y acaban insultándolo en plena calle; el lechero se presenta borracho y luego se disculpa con medio kilo de mantequilla; el ferretero perfora la tubería del gas al retirar el limpiabarros contra el que tropiezan, uno tras otro, todos los que cruzan la puerta lateral, incluido el coadjutor que se rasga los pantalones un domingo. En la oficina, un chico de diecisiete años llamado Pitt responde a sus reprimendas con una insolencia que Pooter no sabe contestar hasta horas después. En casa, sus amigos Cummings y Gowing entran sin llamar, se quejan del olor a pintura y se ofenden cuando él celebra el que considera el mejor juego de palabras de su vida.
La vanidad doméstica encuentra otro cauce en el esmalte rojo: Pooter pinta macetas, el cubo del carbón, las tapas de su Shakespeare y finalmente la bañera, con un desenlace que lo deja convencido de estar desangrándose como un segundo Marat. Y cuando llega la invitación al baile de Mansion House —el punto más alto de sus aspiraciones sociales—, la velada se organiza en su contra con precisión cómica: pantalones rasgados, una corbata perdida en la platea semanas antes, una esposa que no quiere quedarse sola entre desconocidos y el descubrimiento humillante de que su propio ferretero tiene mejores contactos que él.
El efecto del libro nace de la distancia entre lo que Pooter cree estar contando y lo que el lector entiende. Él anota sus frases «más perfectas y juiciosas», sus honores —pasar el cepillo en misa—, sus victorias imaginarias; nosotros leemos la crónica de un hombre al que le pisan la corbata, le rompen la campanilla y le niegan la entrada a una taberna mientras sus acompañantes pasan sin problema. La ironía nunca es cruel: el diario retrata con afecto la respetabilidad suburbana de finales del XIX, sus alquileres rebajados por el ruido de los trenes, sus pianos pagados a plazos y su fe conmovedora en que la vida propia merece ser escrita.
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