Un arquitecto de éxito muere aplastado por el edificio que él mismo diseñó: la fachada del centro comercial más celebrado de Madrid se desploma justo cuando él sale a la calle, y un cable de acero lo parte en dos.
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Un arquitecto de éxito muere aplastado por el edificio que él mismo diseñó: la fachada del centro comercial más celebrado de Madrid se desploma justo cuando él sale a la calle, y un cable de acero lo parte en dos. Lo que parece una ironía macabra del azar se convierte en sospecha cuando la policía revisa el vídeo de seguridad. Con esa escena arranca una investigación que enfrenta a un joven inspector con la posibilidad de un crimen imposible de demostrar.
Una mañana festiva de invierno en Madrid, un hombre de cuarenta años recién cumplidos guarda una carta en el bolsillo, baja al centro comercial de su barrio, compra la prensa y desayuna como cada día. Minutos después, la estructura futurista que corona el edificio cede sobre él. La fachada entera se desploma y siete plantas quedan al descubierto como en aquellas láminas transparentes de los libros infantiles.
El caso recae en Gabriel Cicero, veintiocho años, apenas un año en la brigada de investigación criminal y con la sensación persistente de que su destino en una comisaría del distrito norte es un error administrativo. Su primer día libre en dos semanas se disuelve en una llamada. Sobre los escombros lo espera Basterra, su comisario: un veterano hermético, aficionado a las adivinanzas, que le anuncia que hay un cuerpo debajo y que existe un vídeo. A cámara lenta, la sombra que cruza la pantalla resulta ser un cable de acero que secciona al hombre antes de que estallen los cristales.
La identificación abre la grieta por la que entra todo lo demás. El muerto es Juan Lastra, el arquitecto que diseñó ese mismo edificio de arriba abajo, cuya estructura en forma de ojo dio a su estudio el salto internacional. Vivía solo a quince minutos de allí, divorciado, sin hijos, con la casa comprada cuando empezaron las obras. En el estudio Aphesis, un gabinete de crisis lleva reunido desde el derrumbe, y su director acoge la noticia con una frialdad que a Cicero le resulta menos sorpresa que cálculo: si el edificio no cayó solo, la responsabilidad ante las aseguradoras cambia de manos.
A partir de ahí, la novela avanza sobre una pregunta incómoda. No si alguien quiso matar a Lastra, sino si un edificio puede ser un arma y, sobre todo, cómo se demuestra algo así ante un juez. Alrededor se despliega un retrato preciso de la maquinaria policial: la ciencia paciente de Fraguas y Martínez sobre los restos, las presiones que la dirección general anticipa desde el primer día por las conexiones políticas de la arquitectura monumental, las redadas rutinarias que siguen su curso, los matrimonios que se cruzan en horarios desencontrados. Óscar Vara construye un thriller de investigación donde la sospecha nace de un detalle técnico —demasiada precisión— y donde el azar y el diseño compiten por explicar lo mismo.
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