Laura tenía diecinueve años, dinero, novio y una carrera en la mejor universidad de Venezuela, hasta que la ambición y la envidia acabaron con su familia y la dejaron durmiendo bajo un banco en Barquisimeto.
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Laura tenía diecinueve años, dinero, novio y una carrera en la mejor universidad de Venezuela, hasta que la ambición y la envidia acabaron con su familia y la dejaron durmiendo bajo un banco en Barquisimeto. Martín heredó una panadería que no sabe administrar y estudia diseño con la sensación de estar amasando pan en lugar de dibujar. Una mañana, ella espera en la puerta del negocio que él está a punto de cerrar. Ninguno buscaba al otro; el destino ya lo tenía decidido.
A las siete de la mañana, Martín Fuentes entra con su carácter duro y su mirada penetrante a la panadería que sus padres le dejaron al mudarse al otro lado del mundo. Es pequeña, sostiene a tres empleados que son más familia que personal —Meli, que la administra todo y ya lo quiere como a un hijo, y sus amigos de infancia Manuel y Alejandro— y está perdiendo clientes por su mala gestión. Martín ya tomó la decisión: el viernes cierra. Estudiar diseño y hornear pan al mismo tiempo lo tiene frustrado, y siente que fracasar en el negocio equivale a demostrarle a su familia que no era capaz.
Esa misma mañana, una muchacha lleva una hora parada frente a la puerta de cristal. Se llama Laura Martínez, tiene veinte años, llegó de Caracas hace dos meses y duerme bajo un banco de plaza cubierto de cartones. Meli la hace pasar, le da pan y leche, y la invita a volver. Laura vuelve al amanecer y, mientras espera, deja el local impecable: limpia, ordena, pone manteles y abre las ventanas. Cuando el equipo llega, no reconoce el lugar; cuando ella sale del baño, peinada y con ropa limpia, Martín tampoco la reconoce a ella. Lo único idéntico es la mirada: unos ojos ámbar que él no logra sostener y que lo desarman por primera vez en su vida.
Lo que sigue es un pulso entre dos orgullos heridos. Laura no acepta la oferta de un hotel que quiere su tarta de fresa, y en cambio presenta un plan de trabajo: quince días para demostrar que la panadería se puede salvar. Martín acepta con una condición —que ella lo deje ayudar— y de ahí en más la resistencia de ambos se vuelve papel mojado: un beso en la oficina, un pacto de dos meses, un apartamento demasiado grande para uno solo. Él, que siempre sostuvo que enamorarse es una debilidad, empieza a temer lo que ella podría descubrir de su pasado; ella, que perdió todo, aprende que sin nada en el corazón el dinero no sirve de nada.
Ambientada en la Venezuela de la panadería de barrio y la universidad, esta novela romántica sigue a dos personajes que no se estaban buscando y que la vida acercó igual. El pasado, sin embargo, no se queda atrás: amenaza con volver justo cuando el presente empieza a valer la pena.