En Wes-Westley, un pueblo brumoso de la costa norte de Inglaterra, un millonario hecho a sí mismo levanta una mansión sobre el acantilado y reúne bajo su techo a tres niños: su hija, su sobrina huérfana y el hijo de su mejor amigo.
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En Wes-Westley, un pueblo brumoso de la costa norte de Inglaterra, un millonario hecho a sí mismo levanta una mansión sobre el acantilado y reúne bajo su techo a tres niños: su hija, su sobrina huérfana y el hijo de su mejor amigo. Un arrebato de furia infantil deja ciego a uno de ellos y marca a los tres para siempre. Doce años después, la culpa se ha vuelto amor, el amor choca con la voluntad del padre y la casa recibe a un detective encubierto justo cuando aparece el primer cadáver.
Wes-Westley es una localidad sombría junto al mar del norte de Inglaterra, donde la niebla se pega a las rocas y el ruido de las olas funciona como una música de fondo que nunca termina de decidirse entre lo romántico y lo siniestro. A ese lugar regresa Jack Randell después de haber hecho fortuna lejos de allí, cumpliendo la promesa que hizo al marcharse: volver siendo el hombre más rico del pueblo. Restaura la gran casa del acantilado hasta convertirla en un despliegue de lujo desproporcionado y se instala en ella con su hija Melissa, una niña de diez años de carácter violento y ojos oscuros.
La convivencia se amplía pronto. Randell decide acoger a Miriam, su sobrina, rubia y dulce, sacada de un internado; y también a Errol, el hijo adolescente de su mejor amigo, muerto en un accidente junto a su esposa. Melissa acepta a la prima con frialdad calculada, viendo en ella a alguien a quien humillar, pero rechaza al recién llegado con una violencia que su padre no logra contener. La primera vez que se queda a solas con Errol, la niña se lanza sobre él. Lleva las uñas muy crecidas para interpretar a una bruja en una función escolar. Ese detalle, buscado como un juego, convierte una pelea infantil en un daño irreversible: Errol queda ciego de por vida.
Doce años más tarde, el remordimiento ha invertido el signo de aquel odio. Melissa ama a Errol y él, tras años de rechazo, ha terminado por perdonarla y corresponderla. Pero Jack Randell, enfermo del corazón y obsesionado con borrar su origen humilde, se niega a que su heredera se case con un ciego sin apellido: la reserva para uno de los tres jóvenes más distinguidos y más arruinados de Wes-Westley, y les muestra sin rodeos la dote que hay en juego, veinte lingotes de oro guardados en la caja fuerte de su despacho. Padre e hija comparten el mismo temperamento inflexible, y ninguno de los dos piensa ceder.
El administrador de la casa, Robert Frager, presiente que ese pulso terminará en sangre. Antes de marcharse con una excusa, coloca en su puesto a Jean Doone, detective londinense, con la esperanza de que alguien sepa leer lo que se avecina. La precaución llega tarde: apenas instalado, Doone descubre en su propio despacho un rastro atroz que atraviesa habitación tras habitación y conduce hasta el cuerpo destripado de su amigo. La puesta en escena parece diseñada para expulsarlo de la casa; consigue justo lo contrario.
A partir de ahí, el relato avanza como un misterio de puertas cerradas en clave de terror: una mansión enorme y laberíntica, un servicio doméstico del que nadie puede fiarse del todo, tres pretendientes arruinados con los ojos clavados en el oro, un patriarca al que se le acaba el tiempo, una heredera capaz de todo y un hombre ciego que solo puede defenderse con palabras. El móvil sigue sin nombre, y mientras no lo tenga, cualquiera de los habitantes de la casa puede ser el siguiente.
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