Un libro de memorias en el que una compositora reconstruye su vida siguiendo el rastro de sus propias canciones. Cada tema funciona como una cápsula intacta —la habitación, la luz, la temperatura— dentro de una memoria que, por lo demás,…
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Un libro de memorias en el que una compositora reconstruye su vida siguiendo el rastro de sus propias canciones. Cada tema funciona como una cápsula intacta —la habitación, la luz, la temperatura— dentro de una memoria que, por lo demás, borra años enteros de calma. Del piso compartido en Tetuán a los años de Malasaña, del éxito radiofónico al deseo de empezar de nuevo sola, el relato alterna crónica, retrato de época y las letras que nacieron de todo aquello.
La memoria, sostiene la narradora, no está hecha para hacernos felices sino para mantenernos vivos: conserva el susto y descarta los miles de desayunos tranquilos. De ahí la extrañeza que abre este libro. Entre las pocas escenas cotidianas que han sobrevivido intactas están, casi todas, aquellas en las que apareció una canción: el cuarto, el color de la pared, la hora del día, lo que había ocurrido justo antes. Tirando de ese hilo —y de unos cuadernos de trabajo conservados—, la autora emprende una reconstrucción que es a la vez autorretrato y ensayo breve sobre por qué la música se enreda con la supervivencia.
El recorrido desmiente de entrada las lecturas fáciles. Un éxito veraniego que media España asocia al sol resulta haber nacido en una mañana helada, entre las páginas de una novela de Jorge Amado y la fantasía de una pasión en Bahía. A partir de ahí, cada canción abre una habitación distinta: la Pensión Internacional de Tetuán, con sus inquilinos de paso, sus gemelos cocineros y sus fiestas interminables; el rescate improvisado de una amiga atrapada en la órbita de un novio adicto, con reparto de guardias, disfraces y un perro escondido en un bolso; el retiro en una urbanización semivacía de las afueras, donde se gesta el salto de un dúo exitoso a una carrera en solitario; el descapotable comprado por culpa de una canción de Marianne Faithfull; y, más tarde, un piso de Malasaña convertido en cruce permanente de artistas, noctámbulos y amigos que no todos sobrevivirán.
El tono se mueve con soltura entre el humor doméstico —un sofá imposible, un futón, una mesa coja traída de Marruecos— y una mirada seca sobre el precio de aquellos años: la fascinación de los artistas por el lado salvaje, la mecánica de la dependencia afectiva y química, la violencia que se ejerce sobre quien queda fuera de toda protección. Intercaladas, las letras completas de las canciones permiten leer en paralelo el hecho vivido y su destilado, y comprobar cuánto se transforma uno en el otro.
El resultado es un libro sobre el oficio de componer y sobre lo que ocurre después, cuando la canción deja de pertenecer a quien la escribió y pasa a enredarse con la vida de los demás.