Tres relatos que comparten un mismo clima: parejas sin trabajo, casas frías, carreteras nocturnas y personas que descubren cuánto pesa la falta de dinero sobre el afecto.
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Tres relatos que comparten un mismo clima: parejas sin trabajo, casas frías, carreteras nocturnas y personas que descubren cuánto pesa la falta de dinero sobre el afecto. En el cuento que abre el volumen, un vendedor de seguros conoce en un restaurante de ruta a Aquiles Madrid, un hombre que se presenta como escritor itinerante y que carga sus propios libros en un bolso; de ese encuentro, y de los dos que le siguen, nace una meditación sobre la soledad, el oficio de contar y el precio de irse. Prosa seca, diálogo por delante de la descripción y una ternura que nunca se anuncia.
Un matrimonio de más de diez años atravesado por el desempleo, las cuentas impagas y las conversaciones a oscuras en la cama sostiene el punto de partida de este libro. La paradoja que el narrador reconoce sin adornos —que aguantaron unidos la pobreza y empezaron a destruirse justo cuando llegó el sueldo fijo— abre un volumen donde la plata, o su ausencia, funciona como el verdadero personaje secundario de toda vida en común.
En el primero de los relatos, ese hombre compra un auto usado y, una noche de insomnio, sale a la carretera. En un restaurante de troncos abierto las veinticuatro horas, iluminado con luces rojas para llamar la atención de los camioneros, se le sienta enfrente un desconocido de unos sesenta años, bigote grueso y ojos sin brillo, que se hace llamar Madrid y dice ser escritor itinerante: imprime tres mil ejemplares, los mete en un bolso y los vende puerta a puerta. Entre piscos, cazuela y una botella tras otra, Madrid despliega una biografía que incluye el exilio, siete años en el Amazonas aprendiendo historias de memoria, una mujer que juntó monedas en un tarro de café para pagarle la primera edición y una familia que dejó atrás sin volver nunca. Un año después vuelven a encontrarse en el mismo lugar, bajo un aguacero, y el relato se cierra con una revelación y con la duda —sembrada por un garzón, en una sola frase— de si algo de todo aquello fue cierto.
El segundo relato aprieta el foco hasta lo mínimo: una pareja que ha vendido los discos, el computador, las joyas y los muebles, y que se niega a vender el televisor. Pasan los días acostados, con hambre y frío, hasta que un cumpleaños en la casa de enfrente los obliga a cruzar la calle. Lo que encuentran allí —una torta, chocolate caliente, una abuela con guantes rojos, un niño de cinco años— convierte una escena de vecindad ordinaria en un examen incómodo y preciso de la vergüenza, el apetito y la clase de felicidad que solo se reconoce cuando ya pasó.
El tercero cambia de época y de registro: la memoria de una infancia a fines de los sesenta en una ciudad fría y lluviosa del sur, donde el padre del narrador trabajaba en el diario local y donde el gimnasio se llenaba los sábados por la noche. El olor a barro del río y el picoteo de la lluvia en los techos anuncian un episodio que marcará, según el propio narrador, un cambio y un camino.
Escritos en primera persona, con diálogos breves, humor de rebote y una economía de recursos que evita el subrayado, los tres textos vuelven sobre las mismas preguntas: qué queda de una pareja cuando desaparece la urgencia que la mantenía junta, qué hacer con lo que uno ha escrito, y por qué —como sostiene Madrid— un libro que nadie lee se vuelve un cadáver. El resultado es un retrato de la periferia chilena leído desde la mesa de la cocina, la cama y el asiento del auto: los tres lugares donde, en este libro, se decide todo.
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