Granada, 1863. Una joven que sube al bosque a visitar una pequeña talla de la Virgen encuentra, medio enterrado entre la hojarasca, el cuerpo apaleado de un hombre al que dan por muerto.
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Granada, 1863. Una joven que sube al bosque a visitar una pequeña talla de la Virgen encuentra, medio enterrado entre la hojarasca, el cuerpo apaleado de un hombre al que dan por muerto. Decide salvarlo y esconderlo en el cortijo familiar, sin sospechar que ese gesto la ata a un secreto que puede costarle todo.
A las afueras de Granada, en 1863, Clara Villegas de Santiago recorre un sendero que conoce desde niña: el que lleva a la gruta donde se venera una menuda imagen de madera policromada, gastada por los años pero intacta en su ternura. Su tata, Minarella, se queda atrás sin aliento, y Clara sigue sola por el ramal más embarrado. A pocos pasos de su destino distingue un bulto semienterrado entre las hojas y un jirón de tela clara. La curiosidad —esa parte de ella que siempre discute con la prudente— la empuja a apartar el follaje hasta descubrir a un hombre corpulento, con el rostro abierto por una herida que le cruza la mejilla, el brazo y la pierna quebrados, el torso sembrado de cortes finos y una extraña marca en forma de estrella. Está a un paso de morir, pero el corazón todavía late bajo su mano.
Desde ese instante la novela avanza en dos registros que se buscan. Por un lado, el del herido: un hombre sin memoria y sin nombre que despierta en un vacío de frío y dolor, incapaz de saber si lo que le ocurre es un castigo merecido o una injusticia, si alguien lo espera en alguna parte o si nadie lo echará de menos. Por otro, el de Clara, que decide llevarlo al cortijo de su padre por la puerta trasera y guardar silencio absoluto: si corre el rumor, quienes lo dejaron por muerto volverán, y entonces el peligro alcanzará también a la casa entera y al médico que lo atiende.
El relato se instala en la habitación de invitados, entre vendajes, caldos, agua caliente en un jarrón de fajalauza y el olor a lavanda que disputa el aire a los emplastes. Alrededor se organiza una pequeña comunidad leal —la tata, el mozo Tomás, Juan y Marta, el discreto doctor Bruno Sandoval—, y con ella la cadencia de los días: dos visitas médicas, el afeitado diario, los delirios en italiano del enfermo, las noches en que se arranca la ropa de cama y las mañanas en que apenas retiene una cucharada de caldo. Cada cuidado revela una pista y ninguna basta: la cicatriz antigua bajo el pecho derecho que intriga al galeno, el idioma que el desconocido comprende, la violencia desmedida de lo que le hicieron.
En ese cuidado obstinado nace lo que la novela pone en el centro. Clara, que había elegido retirarse a su mundo de jardines, invernadero, laberinto y huerta para escapar de la política de salón y sus vanidades, descubre en la piel ajena un territorio nuevo, un pudor y un deseo que no sabe nombrar y que la avergüenzan tanto como la atraen. Él, atrapado en un reino oscuro, reconoce a su cuidadora por el perfume, por la voz, por el tacto de unas manos pequeñas, y se aferra a esa presencia como a lo único real. Cuando por fin abre los ojos, ambos quedan expuestos: ella al asombro de ser mirada, él a la certeza de que alguien lo ha reclamado de la muerte.
Bajo el epígrafe del Cantar de los Cantares —el amor fuerte como la muerte, que las aguas inmensas no logran apagar— la autora sostiene una historia de época en una España inestable, donde la sospecha de conspiraciones y fugitivos ronda cada explicación posible. Con prosa detallista en los interiores y en el paisaje granadino, la novela entrelaza pasiones bajas e ideales altos, y plantea una pregunta que Clara no se atreve a formular en voz alta: cuando ese hombre recupere su nombre y su pasado, ¿qué quedará del lazo que empezó a tejerse mientras dormía?