Un edificio llamado «El Palacio» alberga a sus habitantes en la vertical del tiempo, desde el cansancio del sereno Gumersindo en la planta baja hasta los sueños frustrados de sus residentes.
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Un edificio llamado «El Palacio» alberga a sus habitantes en la vertical del tiempo, desde el cansancio del sereno Gumersindo en la planta baja hasta los sueños frustrados de sus residentes. Cada piso cuenta historias de vidas que buscan significado en la rutina, en las ambiciones truncadas y en el peso invisible que ejerce la convivencia. Una novela que retrata la soledad de quien vive entre muros, rodeado de gente pero absolutamente solo.
En el edificio «El Palacio», un monumento al gusto pretencioso y la vacuidad social, cada piso encierra historias de soledad, ambición frustrada y aceptación del fracaso. La novela desciende piso por piso, desentrañando las vidas de sus habitantes a través de un narrador que observa con distancia crítica y melancolía aguda.
Gumersindo, el sereno de la entrada, es un hombre al que le tocó existir sin saber por qué. Cansado hasta los huesos, juega al solitario durante las noches interminables, cuidando un edificio que probablemente lo olvidó. Su uniforme encubre un cuerpo en descomposición; su revólver reposa inútil en un cajón. Vive porque sigue vivo, sin razón aparente, esperando un olvido que quizás nunca llegue. La muerte de su esposa le robó el propósito hace una década; todo lo demás es apenas el acto de sobrevivir.
En el primer piso, la familia Mercantino soporta el peso físico y metafórico de pisos enteros sobre sus cabezas. Ruperto, encorvado por la estructura invisible que los aplasta, ocupa una posición que le otorga cierto estatus laboral pero ningún reconocimiento social. Su condición de inquilino lo descalifica; los vecinos de arriba lo saludan con condescendencia. Sus miedos confesados revelan anhelos sofocados de trascendencia que jamás alcanzará.
Raimundo Pocatierra, en el segundo piso, encarna la ambición mezquina del que pretende ascender mediante la adulación. Periodista sin escrúpulos que escribe sobre temas que ignora, cultiva amistades interesadas y practica el cinismo como estrategia de supervivencia. Con cada palabra escrita y cada sonrisa calculada, busca pertenecer a un mundo que nunca lo admitirá completamente.
El tercer piso, habitado por muebles mudos después de la muerte de Dulce Escarapela, se convierte en el espacio más perturbador. Los objetos se observan entre sí en un silencio agobiante. El narrador les otorga consciencia y angustia; estos testigos inertes comprenden mejor que los vivos el significado de la ausencia y el duelo.