Dos cabezas gobiernan esta novela: la de Francisco Ramírez, embalsamada y exhibida tras los barrotes de una jaula en el Cabildo de Santa Fe, y la de Norberta Calvento, que a los noventa años ve pasar, en una siesta de 1880, la boda que…
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Dos cabezas gobiernan esta novela: la de Francisco Ramírez, embalsamada y exhibida tras los barrotes de una jaula en el Cabildo de Santa Fe, y la de Norberta Calvento, que a los noventa años ve pasar, en una siesta de 1880, la boda que nunca ocurrió. Entre ambas se despliega el siglo XIX mesopotámico: montoneras, traiciones, invasiones portuguesas y un amor de esponsales eternamente postergados, contado en un tiempo que avanza y se demora a la vez.
La novela arranca por el final. En Concepción del Uruguay, la tarde del 22 de noviembre de 1880, Norberta Calvento abre los ojos en la cama de bronce de sus padres y ve una iglesia desconocida, una multitud endomingada y a una novia que reconoce como ella misma; falta, en la visión, la figura del caudillo. Muere esa noche, amortajada con el vestido de brocado persa que guardó sesenta años en el fondo de un cajón, y su cuarto queda intacto como la cifra de una vida: las acuarelas de infancia, el sillón de la espera, un anillo de plata y oro sobre el último estante.
De ahí el relato salta a 1821, a la cabeza embalsamada de Francisco Ramírez —el Supremo Entrerriano— expuesta tras doce barrotes de hierro, ciega y muda ante el desfile menguante de curiosos. Un obispo y un gobernador discuten a gritos su destino: para uno es un cristiano al que se le debe sepultura; para el otro, la encarnación de la traición, que debe envejecer en su jaula. El acuerdo llega por desprecio más que por piedad, y la cabeza es enterrada de noche, sin testigos ni velas.
Entre esos dos extremos, la novela reconstruye el largo compromiso que nunca llegó a boda. El correo joven que enmudece al ver a Norberta en la puerta de la casa Calvento; el padre que le advierte que no encontrará otra igual; los trece meses de cárcel en Montevideo y la fuga anunciada por una moneda arrojada al piso de la celda; las lecturas en voz alta con atril y las caricias en el interior de la calesa; las cartas donde el caudillo mezcla la paga atrasada de sus hombres con la certeza de su propia muerte. Y, cruzándolo todo, la guerra: el fracaso de Paso de Vera, el saqueo de Concepción del Uruguay, el fasto de la corte portuguesa en Río mientras se planifica el sometimiento de Artigas, la amistad con Estanislao López convertida en yunque de la traición.
Hay también otra mujer —brasileña, analfabeta, decidida en los lances de guerra— que acompaña al caudillo donde la prometida no puede seguirlo. Sobre ese triángulo, y sobre una prosa densa en telas, olores y objetos, la novela avanza hacia un final que ya conocemos desde la primera página y que, sin embargo, no deja de doler.
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