El testimonio de un capitán de la División Azul que, tras caer herido y prisionero en la batalla de Krasni Bor en febrero de 1943, pasó más de once años en las cárceles, campos y gulags de la Unión Soviética hasta su repatriación en el…
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El testimonio de un capitán de la División Azul que, tras caer herido y prisionero en la batalla de Krasni Bor en febrero de 1943, pasó más de once años en las cárceles, campos y gulags de la Unión Soviética hasta su repatriación en el Semíramis. Reeditado a partir de la edición de 1958, el libro combina el relato de una acción militar breve y devastadora con la crónica minuciosa de un cautiverio interminable.
El 10 de febrero de 1943, en el sector de Krasni Bor, a caballo sobre la carretera de Leningrado a Moscú, una ofensiva soviética cayó sobre las posiciones que defendía la División Española de Voluntarios. De los ciento noventa y seis hombres que mandaba el capitán Gerardo Oroquieta Arbiol sobrevivieron trece. Herido en cuello, hombro y tibia, con orden expresa de sostener su puesto a toda costa, fue hecho prisionero cuando se quemaban los últimos cartuchos. Ese día terminó la batalla y empezó lo que ocupa la mayor parte de estas páginas: once años, un mes y diecisiete días de cautiverio.
El relato sigue un orden cronológico por fases —el viaje hacia el frente del este, la entrada en línea, el combate y después el largo desfile de prisiones, trenes atestados, marchas a pie y campos de concentración— y renuncia deliberadamente a lo novelesco. No hay trama ni efectismo: hay hambre, frío, enfermedad, trabajos forzados, ausencia de condiciones higiénicas elementales y un aislamiento impuesto que impidió a los españoles enviar o recibir noticias de sus familias. El autor advierte que serán relatos lentos y monótonos, porque monótono fue el paso de los días para quienes los vivieron, y que el drama transcurrió más bajo un silencio desolado que entre escenas de violencia espectacular.
Junto al inventario de privaciones aparece un retrato del pequeño mundo de los campos, descrito como una Babel donde a la confusión de lenguas se sumó la de los espíritus: la propaganda y el llamado «movimiento antifascista» que reclutaba entre los cautivos más quebrados, la línea que separó a «ellos» de «nosotros», y la cohesión del grupo español, que mantuvo su cadena de mando, sus listas y sus formas hasta el punto de que oficiales extranjeros lo señalaran como ejemplo. También hay lugar para lo inesperado: la hospitalidad de campesinos y obreros rusos, la convivencia con presos comunes y políticos, la amistad trabada con prisioneros de otras nacionalidades y la incorporación al grupo de los «internados civiles» españoles, marineros y alumnos de la Aviación republicana que habían llegado antes a esos mismos campos.
El volumen se abre con un prólogo del hijo del autor, que recuerda a un padre reacio a hablar de Rusia —un silencio compartido por casi todos los repatriados— y del que solo supo por sus compañeros: el hambre burlada dibujando con tiza dos huevos fritos sobre una mesa de madera, las noches durmiendo en el suelo por no acostumbrarse aún a un colchón. Completan la edición la nota del editor, el texto del cronista César García Sánchez —que dio forma a las notas memorísticas del protagonista— y las ilustraciones originales del divisionario Manuel Rodríguez Marín.
Escrito desde una posición ideológica que el autor declara sin rodeos —una alegación contra el comunismo como sistema, no contra los hombres—, el libro obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1958 y se ha considerado, junto a Embajador en el infierno, el testimonio de referencia sobre aquella experiencia. Esta reedición respeta íntegramente el texto de 1958, con su lenguaje de época, y limita la intervención a erratas evidentes y a la adaptación de la transcripción del ruso a los usos actuales.
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