Atlanta, agosto de 1974. En una esquina sin luz del centro, un grupo de mujeres espera a que aparezca el próximo coche bajo la vigilancia del hombre que las controla.
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Atlanta, agosto de 1974. En una esquina sin luz del centro, un grupo de mujeres espera a que aparezca el próximo coche bajo la vigilancia del hombre que las controla. Entre ellas está Lucy Bennett: acaba de cumplir diecinueve años y ya siente que ha vivido demasiado. Una noche de furia y castigo la deja sola en la calle, descalza y sin nada, a merced de un desconocido que la llama «hermana» y lleva una Biblia en las manos. Un retrato descarnado de una caída y de la ciudad que la rodea.
El arranque transcurre en Edgewood Avenue, en un centro de Atlanta que se apaga en cuanto cae la noche: oficinas vacías, el letrero de un banco encendido sobre un distrito comercial desierto y, al fondo, el esqueleto de un hotel en obras que promete un futuro al que ninguna de las mujeres que esperan allí cree que llegará a asistir. Bajo la placa de la calle, un puñado de chicas negocia con los conductores que se detienen y entrega después el dinero a Juice, el hombre que las administra con palillo de dientes, zapatos de charol y una violencia calculada. La llegada de una chica más joven ha alterado el equilibrio de la esquina.
Lucy Bennett observa desde un costado. Le duelen los pies y la espalda, pierde el pelo, y el cuerpo empieza a reclamarle la siguiente dosis. A partir de esa espera, el relato retrocede para reconstruir cómo llegó hasta ahí. Primero fueron unas pastillas para adelgazar sacadas del botiquín de una amiga; después la madre de esa amiga, enfermera, le enseñó a inyectarse; luego vinieron los kilos perdidos, una popularidad nueva, el abandono de la escuela y una relación con un mecánico veinte años mayor que trabajaba en la gasolinera de su padre. Cada paso parece pequeño; sumados, componen un descenso de dos años que a ella se le presenta como un instante.
El texto no idealiza nada. Registra con precisión el vocabulario de la dependencia —la cucharilla, el torniquete, el salto de la anfetamina a la heroína— y también el paisaje social que lo enmarca: el racismo doméstico de una familia respetable, los veteranos que vuelven de Vietnam, la retórica de progreso de una ciudad que se proclama demasiado ocupada para odiar. En medio de esa dureza sobrevive un hilo de ternura: una carta breve de Henry, el hermano que había dejado de escribirle y que ahora le dice que la echa de menos. Lucy la guarda, la relee y se descubre echándose de menos a sí misma.
La noche en que empieza el libro, un desafío inesperado —una historia contada en voz alta, una frase repetida hasta el escándalo— le cuesta una paliza y la expulsión de la esquina. Descalza, con la nariz rota y sin bolso, camina hacia el hospital mientras calcula cómo volver. Entonces un hombre alto la saluda desde la oscuridad, con una Biblia en la mano y muy buenos modales. La conversación es cortés. El lector intuye que no lo será por mucho tiempo.