Languedoc, siglo XIII. Mientras la Cruzada convocada desde Roma avanza sobre el sur para arrasar la fe cátara, Laetitia sostiene la vida de Montaillou desde el hospital donde cura a los enfermos: austera, entregada a su creencia y ajena a…
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Languedoc, siglo XIII. Mientras la Cruzada convocada desde Roma avanza sobre el sur para arrasar la fe cátara, Laetitia sostiene la vida de Montaillou desde el hospital donde cura a los enfermos: austera, entregada a su creencia y ajena a los pretendientes que la rondan. Ramiro de Zaragoza, caballero aragonés desterrado y curtido en la guerra, cruza su camino cuando una emboscada lo obliga a confiarle una reliquia cristiana. Obligados a compartir el secreto de un escondite, la cátara y el cruzado descubren que el amor puede pesar más que aquello por lo que ambos han estado dispuestos a morir.
A comienzos del siglo XIII, en la franja de aldeas y ciudades que se derraman hacia el Mediterráneo y que entonces se conocía como el Languedoc, floreció una fe incómoda. Los cátaros creían que el mundo material era obra de un poder maligno y que la salvación se alcanzaba mediante el ayuno y la renuncia; sostenían la igualdad entre hombres y mujeres, no juzgaban el amor ni administraban culpas, y rechazaban por igual las vestiduras suntuosas de los obispos y los impuestos que las costeaban. Esa combinación —una religión sin pecado y sin diezmo— resultó intolerable para Roma. La respuesta fue una Cruzada, y la Cruzada comenzó en Béziers, en julio de 1209, con una matanza que quedaría grabada como advertencia.
De aquel incendio sale una niña. Su madre, herida, cabalga sin descanso hasta Montaillou, un poblado protegido por bosques y montañas donde una comunidad cátara acoge a las mujeres que llegan sin nada, y muere apenas ha puesto a su hija a salvo. Ocho años después, esa niña es Laetitia: el alma del pueblo, la mujer que dirige el hospital y atiende a los enfermos, que ayuna, que no posee nada y que rechaza con serenidad a cuantos intentan cortejarla. Su fe no es una herencia recibida sin examen, sino el suelo firme que se construyó sobre una pérdida.
Ramiro de Zaragoza recorrió el camino contrario. Partió a la guerra siendo casi un niño, luchó cinco años en Oriente y llegó al Languedoc convencido de su deber cristiano, hasta que oyó a los jefes de la Cruzada ordenar que se matara sin distinguir a nadie. Una desobediencia —salvar a dos mujeres en Béziers— le costó la prisión y el destierro: no puede volver a su casa. Desde entonces se ha entregado a los dos únicos terrenos donde la conquista le está garantizada, el campo de batalla y las damas de la corte, mientras sirve como brazo derecho de Simón de Montfort, el noble menor que en pocos años se convirtió en el señor más poderoso del sur. Ramiro pelea como pocos y no falta a misa ningún día; también sabe que la fe se ha vuelto la coartada de una ambición territorial.
Sus enemigos, hartos de vivir a la sombra de sus glorias, le tienden una trampa: asaltarlo mientras traslada una reliquia de la cristiandad hacia la abadía de Montaillou. Es Laetitia quien, sin saberlo, precipita la emboscada. Cuando Ramiro comprende que va a ser atacado, le entrega la reliquia para que la esconda, y con ella le confía bastante más que un objeto sagrado. A partir de ese momento, una cátara y un cristiano quedan atados por un secreto que ninguno de los dos puede compartir con los suyos.
Amparo Balbuena construye sobre ese nudo una novela histórica de amor y de conciencia, atenta tanto a los mecanismos de una época —el asedio, la maquinaria de guerra, las intrigas entre señores, la letra fina de una herejía— como a lo que ocurre cuando dos personas formadas por credos enfrentados descubren que el otro no es el enemigo que les enseñaron a temer. En un territorio donde creer se ha vuelto una condena, la novela sigue a dos personajes que deben decidir cuánto de lo que sostienen es fe y cuánto es obediencia, y qué están dispuestos a perder para averiguarlo.
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