Arturo Robsy firma en «Cómo ser un sinvergüenza con las señoras» un falso manual de seducción escrito con la solemnidad de un tratado y la intención de una broma sostenida.
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Arturo Robsy firma en «Cómo ser un sinvergüenza con las señoras» un falso manual de seducción escrito con la solemnidad de un tratado y la intención de una broma sostenida. Bajo la excusa de instruir a un aprendiz, el narrador encadena anécdotas de barra de playa, digresiones históricas y lecciones numeradas sobre la mirada, la palabra y el arte de elegir «pieza». El resultado es una pieza de humor costumbrista español, deliberadamente exagerada, cuyo retrato de hombres y mujeres pertenece de lleno a la mentalidad de su época.
El libro arranca con una escena mínima y reveladora: tres amigos salen de una sesión de karate, recalan en un bar de playa y tropiezan con dos turistas inglesas. Mientras los más jóvenes se enredan en una conversación de manual —de dónde eres, qué estudias, te gusta España—, el narrador, que se proclama el mayor y por tanto el experto, observa desde la barra y diagnostica el problema con una frialdad cómica: todos quieren lo mismo y todos hablan del tiempo. Su remedio, un mordisco en el lóbulo de una oreja, funciona lo bastante bien como para convencerle de que posee un saber que sería una lástima no legar a la posteridad. De esa vanidad autoparódica nace, según cuenta, el proyecto del volumen.
A partir de ahí, Robsy adopta la arquitectura de un curso: capítulos que se presentan como lecciones, notas eruditas, reglas de oro, resúmenes y advertencias al «aprendiz». El narrador delimita cuidadosamente su objeto de estudio y avisa de que no hablará de delincuentes ni de quienes maltratan o explotan a nadie, sino de una tipología concreta y menor —el conquistador con o sin éxito, heredero doméstico del arquetipo donjuanesco—, y esa acotación funciona a la vez como coartada narrativa y como chiste sobre las coartadas.
Un segundo bloque recorre a paso ligero una supuesta genealogía del personaje: los dioses mudables de la mitología griega, los héroes de mala memoria amorosa, el mundo antiguo visto como un hervidero, los goliardos y la poesía medieval, el Decamerón y los Cuentos de Canterbury, y después una galería española que va de la leyenda de don Rodrigo a monarcas, políticos y celebridades contemporáneas. El repaso sirve menos para documentar que para construir una tesis irónica: que en España el donjuanismo goza de mejor prensa que la fortuna, y que el arquetipo nacional se fijó, curiosamente, en un personaje de ficción.
Las lecciones propiamente dichas ocupan el corazón del texto. La primera, «¿Qué es la mujer?», se plantea como una taxonomía burlona que descarta el alma y la inteligencia por inservibles para el propósito del alumno, invoca a Jung para respaldar una caricatura del temperamento femenino y desemboca en un capítulo sobre lo que el autor llama «orografía»: el poder de la mirada sostenida, la eficacia desmedida del halago verbal, el catálogo de piropos aplicables a cualquier rasgo y el consejo de no descender nunca a la vulgaridad. La segunda lección se ocupa de cómo elegir objetivo, con la metáfora de las mujeres como semáforos que emiten señales contradictorias y la observación de que el grupo protege y la soledad expone. Entre lección y lección se intercalan relatos de intención moral invertida, como el del ginecólogo tímido cuya consulta solo prospera cuando se fabrica una reputación de fresco.
El tono es constante: primera persona socarrona, frases cortas, diálogos que rematan en golpe cómico y una autoridad narrativa que se toma en serio a sí misma justo lo suficiente para que el lector no lo haga. Conviene leerlo como lo que es —una sátira de costumbres escrita desde una masculinidad española de finales del siglo XX, con generalizaciones sobre las mujeres que hoy resultan tan datadas como el mundo de vespas rosas y turistas de agosto que retrata—. Su interés actual es doble: como muestra de un humor de época y como documento involuntario de la mirada que lo produjo.
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