Marek, el menor de tres hermanos de una familia vienesa acomodada, anuncia desde la primera línea que sólo contará una historia y después callará para siempre: la de cómo se quedó calvo siendo muy joven.
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Marek, el menor de tres hermanos de una familia vienesa acomodada, anuncia desde la primera línea que sólo contará una historia y después callará para siempre: la de cómo se quedó calvo siendo muy joven. Lo que sigue es una confesión irónica y melancólica en la que la pérdida del pelo funciona como brújula de otra cosa —el duelo por una madre imprevisible, la herencia de un padre que vendía seguros de vida y un encuentro con una desconocida que deja instrucciones escritas en una cajita de cerillas.
Hay libros que nacen de una guerra o de una enfermedad; éste nace de un cuero cabelludo. Su narrador, Marek, lo advierte enseguida con una mezcla de pudor y provocación: piensa contar cómo se quedó calvo y luego no escribirá una palabra más. La declaración es tan modesta que resulta sospechosa, y en efecto lo es: bajo ese pretexto mínimo se despliega el retrato de una familia, de una ciudad y de un joven que ha decidido vivir a distancia de su propia vida.
El centro invisible del relato es la madre, Constanza, una mujer bella, fría y generosa que reinaba sobre una parcela pequeña del mundo con autoridad absoluta. Cantante de ópera frustrada por un embarazo temprano, coleccionista de sombreros, protectora de artistas pobres y amante de varios de ellos, encarnaba a la vez el encanto y la crueldad doméstica. Frente a ella, el padre, Ferdinand, prospera en el negocio de los seguros de vida, defiende los matrimonios de conveniencia, esconde el piano bajo llave para proteger la sensibilidad de su esposa y reparte azotes mensuales como preparación para los golpes que dará la vida. Tres semanas después de que Marek cumpla dieciocho años, la madre muere en un accidente de montaña; menos de un año más tarde el padre se casa con Eleonore, viuda dos veces y autora de un manual de éxito internacional sobre cómo enriquecerse, un libro cuyas reediciones se mencionan en la mesa con la regularidad de un reproche.
Marek, mientras tanto, ha ido acumulando renuncias: poemas melancólicos rechazados por dos docenas de editoriales, una cámara de fotos comprada para evitar malentendidos, estudios de filosofía leídos en resúmenes, clases particulares a alumnos con dificultades de lectura. Su vida transcurre en cafés vieneses hasta que una mujer madura con abrigo de pieles interrumpe su lectura de Kant para preguntarle si le gusta una canción de Blondie. Se llama Mica, deja sus gafas sobre la mesa, esconde un mensaje bajo las toallas del servicio de señoras y lo cita en una coctelería de sótano donde toca el acordeón y bebe vodka. A partir de ese momento, el joven que evitaba toda implicación emocional empieza a obedecer instrucciones que no entiende.
Contada en primera persona, con capítulos breves que alternan la cita presente y la memoria familiar, la novela avanza por acumulación de escenas domésticas de una comicidad seca —el aborto anunciado en la mesa, el funeral con desconocidos deshojando rosas, el baile del padre en batín frente a la casa— para preguntarse qué queda de una educación cuando quien la impuso ya no está. El resultado es una educación sentimental invertida: el aprendizaje del deseo narrado por alguien convencido de que la ingenuidad es una virtud y el cinismo, el arma de los vencidos.
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