Un manual de humor que se toma en serio una sola pregunta —¿cuántas calorías se queman en la cama?— y la persigue hasta el absurdo, con tablas, cifras y advertencias clínicas para cada gesto del encuentro amoroso: desde ordenar el botiquín…
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Un manual de humor que se toma en serio una sola pregunta —¿cuántas calorías se queman en la cama?— y la persigue hasta el absurdo, con tablas, cifras y advertencias clínicas para cada gesto del encuentro amoroso: desde ordenar el botiquín hasta fingir un orgasmo convincente.
Bajo la apariencia de una guía de acondicionamiento físico, esta obra propone una tesis irresistible por lo obvia: si todo lo que hacemos quema calorías, el sexo debería figurar en las tablas dietéticas junto al jogging, la natación y el minigolf. A partir de ahí, el libro adopta con impecable seriedad el aparato entero de la literatura de autoayuda —introducción metodológica, epígrafes de autoridades de nombre sospechoso, listas de verificación, cuadros comparativos— y lo pone al servicio de un inventario exhaustivo del deseo medido en gramos.
El recorrido sigue el orden natural de un encuentro y lo convierte en un programa por etapas. Primero, la preparación: flexiones y abdominales pensados para poder apartar a una pareja que ha perdido el conocimiento encima de uno, meditación trascendental o su variante “incidental” que puede practicarse mientras se cepilla los dientes, y una batería de preguntas íntimas que van del estado del cutis a la duda existencial de si todo esto tendrá algún significado. Luego, el escenario: cómo iluminar el dormitorio para que no parezca ni una mina ni un quirófano, qué libros colocar estratégicamente para insinuar una excentricidad vaga pero atractiva, y por qué conviene hervir el cuarto de baño entero. Después llegan la conversación profunda, el primer paso, los besos catalogados por región anatómica —incluidos el hígado y el reloj—, el arte de desnudarse en invierno frente a hacerlo en verano, y una fenomenología minuciosa de la decepción cuando la ropa resulta haber mentido.
La gracia del procedimiento está en la precisión falsa. Las cifras son rotundas y arbitrarias a la vez: diecinueve segundos de orgasmo simulado equivalen a ciento sesenta calorías; quitarse los calcetines sacudiendo violentamente los pies, a cuatrocientas dieciocho; deletrear Nietzsche sin consultarlo, a noventa y dos. Los autores confiesan las limitaciones de su investigación con una candidez que es en sí misma parte del chiste: los electrodos se desprendían, los sujetos se negaban a detenerse, un experimento se malogró porque ambos participantes se quedaron dormidos. Traducir la ira, la decepción o la angustia a calorías quemadas resultó, admiten, tan arduo que hubo que conformarse con aproximaciones cuidadosas.
Más allá de la broma aritmética, el libro funciona como una comedia de las inseguridades domésticas. Lo que realmente cataloga no son calorías sino miedos menores y muy reconocibles: el pánico escénico cuando ya no quedan excusas, los agujeros en la ropa interior, el pelo que hay que retirar del paladar con discreción, la negociación sobre quién duerme del lado bueno de la cama —el más cercano a la cocina—. El tono se mantiene deliberadamente plano, de consejero neutral, y es esa neutralidad la que produce el efecto: cuanto más razonable suena la voz, más disparatado se vuelve el contenido.
El resultado es una parodia doble. Por un lado, del género del manual sexual y su promesa de que el placer puede sistematizarse en pasos numerados. Por el otro, de la cultura de la dieta y su fe en que la vida entera puede convertirse a una unidad de medida. Entre las dos, el lector encuentra un libro que se lee de un tirón o se abre al azar con idéntico provecho, y que cumple lo prometido en su propio epígrafe: a quien le guste hacer ejercicio, le gustará; a quien lo deteste, le encantará.
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