Un hombre atrapado en la desesperación abstracta trabaja como linotipista, incapaz de conectar con su familia ni con el mundo. Cuando recibe la carta de su padre, quien ha abandonado el hogar desde Venecia, despierta en él la memoria de…
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Un hombre atrapado en la desesperación abstracta trabaja como linotipista, incapaz de conectar con su familia ni con el mundo. Cuando recibe la carta de su padre, quien ha abandonado el hogar desde Venecia, despierta en él la memoria de Sicilia. En impulso irreflexivo, compra un billete y emprende el viaje de retorno. En tren y vapor, los sentidos despiertan: el queso, los aromas, los rostros de sicilianos pobres transportando naranjas sin venta. El encuentro con un pequeño campesino que lo toma por americano toca temas de esperanza y frustración en una tierra de frutos abundantes pero pan escaso.
Un hombre sumido en la más profunda desesperación abstracta vive en un estado de parálisis voluntaria. No siente deseos de estar con su mujer ni de hacer nada; solo hojea un diccionario con indiferencia. Trabaja como linotipista en las fábricas de plomo, sus zapatos están rotos y el agua entra en ellos mientras llueve sobre la ciudad. Su desesperación no es heroica ni vital, sino muda, quieta, envolvente.
Entonces llega una carta de su padre desde Venecia. El hombre reconoce la letra, retrasando el momento de abrirla, pues revive en él la conciencia de que fue niño, de que tuvo infancia en Sicilia. Su padre, quien siempre fue buen esposo y padre, le comunica que se ha marchado con otra mujer, sin remordimientos, dispuesto a vivir de lecciones particulares, realizando así un viejo sueño. Con su carta circular a cinco hijos dispersos, solicita que visiten a la madre.
La lectura de esta carta despierta algo adormecido en el protagonista: la memoria de su infancia en las montañas sicilianas, el recitado de Macbeth del padre en una pequeña estación de ferrocarril. Pero la memoria se cierra nuevamente, dejándolo atrapado en su desesperación.
Sin embargo, en la estación, ante un cartel que ofrece viajes a Sicilia con descuento, algo cede en él. El sonido de un pífano melancólico que resuena en su interior lo impulsa. De repente, toma un billete de tren hacia el sur. Comienza un largo viaje nocturno que lo lleva a través de Florencia, Roma, Nápoles, Calabria.
En el vapor correo que cruza el mar hacia Sicilia, el viaje se transforma. De pie en el puente del barco, ve regresar al muchacho que fue, sintiendo el viento, devorando el camino del mar. Come pan y queso, sabores de su montaña que reconoce en cada bocado, en los granos de pimienta que son como granos de fuego inesperados.
En la cubierta se encuentran pequeños sicilianos, obreros y peones de los naranjales, ferroviarios de cabello gris. Uno en particular, el más pequeño, el más tostado por el viento, viaja con su mujer casi niña. Cuando el protagonista declara que no hay queso como el siciliano, este pequeño hombre le pregunta si es siciliano. Él responde afirmativamente, aunque miente después, diciéndole que es americano desde hace quince años, de Nueva York.
Se inicia un diálogo profundo entre ambos. El pequeño siciliano pregunta cómo va la vida en Nueva York, si hay trabajo, si se come bien. El protagonista intenta no mentir completamente sobre el exilio americano que nunca vivió, pero tampoco puede defraudar la esperanza que el campesino deposita en la idea de América.
El siciliano desesperadamente intenta ofrecer naranjas a su mujer, quien las rechaza. Desesperadamente las pela y las come. Cuando el protagonista pregunta si puede comprar algunas, el hombre responde que nadie las quiere. Las naranjas son rechazadas en el extranjero, como si tuvieran veneno. Ni en Mesina, ni en Reggio, ni en Villa S. Giovanni las quieren. Andan de un lado a otro, pagando el viaje para ellas y para sí mismos, sin comer pan.
Mientras el tren comienza a partir y el protagonista salta a un estribo, el lamento del pequeño siciliano resuena: «Nadie las quiere… Nadie las quiere.»
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